Sáhara, ida por vuelta (2): Territorio Ocupado, Territorio Olvidado

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Playa de las Canteras (Las Palmas) Foto: Irene Tomé

La arena es efímera. Las causas permanecen. O no. Y lo peor es que no me atrevería a decir quién tiene más culpa, si el ocultamiento o la sobreexposición. Si los tiempos en los que el acceso a la información era más limitado o ahora que –el que quiere- puede encontrar un reportaje diario sobre todo ese periodismo que se engloba en cooperación, desarrollo o conflicto. Periodismo por decir algo, porque no es momento ni objeto de este relato entrar a valorar los reportajes sociales edulcorados. Un tema que merece su propio debate.

Afronto mi primera incursión profesional en África a pelo. Recibí una llamada y en cuanto oí el destino: El Aauín acepté sin más preguntas. Así es mi vocación o así es mi inconsciencia, vaya usted a saber; en mi armario, además, siempre habrá algo que ponerse según la ocasión, así que deshice la samsonite recién llegada del Teatro Maravillas y me puse la mochila por bandera. La invitación provino del Intergrupo Paz e Liberdade para o Pobo Saharuí del Parlamento de Galicia, integrado por representantes de los cinco grupos políticos con representación en la Cámara (Gonzalo Trenor, PP;  Noela Blanco, PSdeG; Xabier Ron, AGE; Montserrat Prado, BNG y Chelo Martínez, Cerna-Grupo Mixto) junto con la Asociación de Solidariedade co Pobo Saharuí (SOGAPS- Maite Isla y  Henrique Porto)

Para la parte más institucional del trabajo, como quien dice, no necesitaba muchos más datos de los que ya figuraban en la agenda de visitas, pero para mi crónica volví a naufragar y me sumé a la técnica “de esperar la sorpresa que te despierte como narrador, para ser capaz de descubrir las claves internas del relato -porque- Una preparación exhaustiva anestesia contra lo inesperado, impide el buceo emocional, apreciar lo que se está viviendo y reporteando”.

Y así fue como apareció la metáfora de la arena. Así fue como caí en la cuenta de hasta qué punto todos los conflictos realmente son el mismo conflicto, presentes o latentes, según hasta dónde haya alcanzado la marea.

Los ochenta

Me interrumpe, mientras escribo, un mensaje directo de twiter y, tras contestarlo, en el timeline aparecen 140 caracteres ilustrados sobre la hambruna en Malawi. Y vuelvo a los años 80, a esa época en la que los de mi generación vimos por primera vez los vientres inflados y los mocos con moscas de los etíopes, una imagen que, desgraciadamente, hemos interiorizado de tal manera que la hemos hecho sinónima de África y de la desnutrición, así, sin matices. Es en esa misma época, la de los 80, cuando sitúo las primeras proclamas sobre el Sáhara y cuando por mi casa se dejan ver los primeros paños palestinos, los revolucionarios, claro, no los que vistieron años más tarde las pasarelas.

palestinos en las pasarelas

Foto Internet

Luz y taquígrafos

Desde que Aylan actuó de “atrezzo” para la visibilización de los refugiados, hemos conocido, por fin, algo sobre la realidad actual de Siria, de Afganistán, de Irak. Pero es que antes de Aylan, murieron muchos más; antes de Aylan estaba Lampedusa, como lo está ahora, y como lo seguirán estando todos los muertos sin nombre del mediterráneo y de otros mares mientras no haya una verdadera voluntad política para resolver el conflicto; otra cosa es hasta qué punto nos enterararemos de todo ello. Hoy mismo la policía cargaba sobre Idomeni, pero dudo de la trascendencia que tendrá ese grave y repetido incidente.

Recién aterrizados, aún en Canarias, Abdelkader Taleb Oumar, ministro de los Territorios Ocupados, vino a decirnos, no sin razón, el tópico de que si no sales en los medios no existes, y lamentó que mientras “se informa de cualquier lugar del mundo donde se pisotean los derechos humanos, del Sáhara, no”. Y si bien es cierto “que un periodista no cambia el curso de las guerras, sin su mirada crítica y constante de los conflictos, estos serían insoportablemente más crueles e injustos”. Por eso, la delegación política con la que viajábamos tenía tan claro la necesidad de ir acompañada de periodistas, que se complementasen más allá de las siglas que les abonaron el pasaje. Luz y taquígrafos no tanto para demostrar qué formación enarbola la bandera más grande en defensa del pueblo saharuí sino para hacer visible que este pueblo es y está.

periodistas

Periodistas. Dos generaciones. Aprendiendo de la joven, inquieta y entusiasta Irene Tomé

Conciencia social

Siria podría ser una oportunidad para despertar conciencias y para hacernos mirar más allá de su propio conflicto. Un revulsivo para levantar alfombras y poner en agenda toda la mierda que durante años o incluso siglos hemos generado desde aquel viejo concepto de Primer Mundo.

Lo malo es que después de Aylan, el target de este tipo de información está demasiado definido. Quizás las fotos puedan llegar a más público pero las claves sólo nos preocupan a los mismos, que nos retroalimentamos generando la falsa ilusión de que cada vez somos más los que tenemos algo de conciencia social y los que sabemos todo lo que realmente está pasando detrás de los flashes y detrás de algunas historias de vida o, para ser más precisos, de no vida.

5 millones de minas

“Los saharauis son unos 125.000 y llevan 40 años en tiendas provisionales de refugiados. Sensatos, pacíficos, estoicos, lo han intentado todo sin recurrir al terrorismo y nosotros los hemos premiado con la olímpica ignorancia de sus derechos y su dolor”. Así se expresaba Rosa Montero, casualmente el mismo fin de semana que nuestra delegación viajaba de vuelta a casa, sin haber podido entrar en el territorio ocupado. Se expresaba así en un artículo titulado Vergüenza, reconociendo, ella misma, que a pesar de ser próxima a su causa y haber escrito varios reportajes “los años pasan como una lluvia de plomo y la implacable política marroquí de represión y aplastamiento, junto con la atroz indiferencia de la comunidad internacional, han conseguido enterrar en vida a este pequeño pueblo”.

La periodista sale de su letargo al conocer, varios días después de haber sucedido, una noticia oculta: la muerte del sindicalista Brahim Saika, de 32 años. Seguro que desconoce que, pocos días después, al asesinato de Brahim hay que sumarle el de otro joven estudiante que apareció muerto a principios de mayo en extrañas circunstancias. Nosotros nos enteramos porque estamos allí. O casi allí. A 40 minutos de avión de un estado “hermetizado”, “aislado”, “bloqueado”, tomado por el este por un muro de 2.700 km salpicado de 5 millones de minas.

Sí, tenemos sólo una fuente, es información de parte, pero ¿cómo no creerla cuando las autoridades que la niegan te impiden el acceso al país? ¿Dónde quedan la libertad de información y de circulación propias del estado democrático del que se jacta el gobierno Marroquí mientras el estado español mira para otro lado?

Oumar nos aporta todos estos datos, a los que hay que añadir los 97 observadores internacionales que han sido expulsados desde que comenzó el año –los últimos, una delegación de juristas que velaban por el respeto de los derechos humanos en las cárceles- más los 55 presos políticos, grupo en el que se encontraban los dos jóvenes fallecidos.

niños sahara

Foto Internet

El conflicto se ha enquistado. El territorio es un polvorín en el que, desalojado el componente civil de la misión de paz de la ONU (MINURSO) ya sólo quedan los tanques y el despliegue policial supuestamente disimulado tras ropa de calle. Quizás los niños que tengan la fortuna de acogerse al programa de Vacaciones en Paz puedan arrojar algo de luz sobre lo que está pasando tras ese búnquer; mientras, sólo toca esperar a que, desgraciadamente, alguno de esos niños vuelva a llamarse Aylan.

Y le pongo nombre porque Hassana, siempre pendiente de las redes sociales, muda su expresión en un momento del vuelo que ya nos conducía a Vigo. Una niña de 12 años ha muerto alcanzada por una mina en la localidad de Machbe. El suceso se produjo el miércoles, lo conocemos el sábado y la niña… sólo sabemos que cuidaba su rebaño, anónima, sin identidad.

pasaporte

Des-Embarque

Vigo-Madrid-Las Palmas-El Aaiun-Las Palmas-Madrid-Vigo

Fueron 72 horas viviendo, como quien dice, en un avión. Y porque tuvimos la suerte de que la aeronave de la compañía canaria Binter que nos trasladó a El Aauín regresaba de inmediato a Las Palmas, de lo contrario, el periplo habría sido aún mayor.

Alguien comentaba que, racionalmente, deberíamos de tener claro que no nos iban a dejar entrar, pero nuestro ánimo era de todo lo contrario. No sé si nos pudieron las ganas que teníamos de poder hacerlo o esa paz, serenidad y tenacidad que, efectivamente, transmiten estas gentes. Todas ellas. Empezando por la propia Maite Isla quien, pese a ser la representante de SOGAPS, ya podría pasar por uno de ellos, supongo que porque ya suma muchos años de lucha igual de incansable y pacífica.

El mar, los versos y las papas arrugás

Disfrutamos de unas horas previas a la derrota durante las que el talante sosegado de Oumar, poniéndonos en situación y previniéndonos de los posibles escenarios ante los que nos podíamos enfrentar, contrastaba con nuestra viscelaridad. Nuestra indignación poco disimulada ante lo que a todas luces es injusto y atroz. La poesía consiguió templar algo los ánimos: sus versos y su interculturalidad de rimas en árabe y gallego. Las papas arrugás calmaron nuestros estómagos, machacados de responsabilidad, incertidumbre, nervio y comida de aeropuerto. El mar, su horizonte, creo que hicieron el resto a la hora de tener tan claro que nuestro viaje no sería en vano. Allí estaban, además, Aminatou y Hassana para reafirmarnos en que teníamos que hacerlo, teníamos que dar respuesta a las diversas solicitudes recibidas en los últimos meses por parte de distintas organizaciones y familiares de presos y desaparecidos. Con ese objetivo se montó la delegación, cuyos miembros, en parte, ya habían participado en una misión parecida hace dos años. La agenda incluía la visita a la Asociación de Víctimas  saharuais de graves violaciones de derechos humanos cometidos por el estado marroquí,  ASVDH, ong legalizada recientemente, así como a distintas autoridades locales, ¿cómo imaginar, entonces, que ni siquiera nos permitirían bajar del avión?

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Aminatou recibe a la delegación expulsada y habla ante los medios

Aminatou y Hassana

Me acosté sin haberme atrevido a reconocer que era gafe. Que la primera vez que pisaba Canarias no hiciese buen tiempo ya debería de haber levantado sospechas sobre nuestro desenlace, pero tenía sueño, quería cruzar esa maldita frontera y además estaba algo enfadada. A la gente se la conoce viajando, yo he conocido a gente estupenda en esta aventura, pero siempre tiene que haber una nota discordante. Esa persona que nos obliga a todos a mirar hacia otro lado, sentir vergüenza ajena y pedir las disculpas que nunca esperarás que pida ella. Ese tipo de personas capaces de confundir la admiración y el respeto con la militancia, de hacer suyas las causas o las banderas y, en un claro ejercicio de pérdida de perspectiva, osar ponerse a la altura de Aminatou Haidar. Insinuar ser víctimas de una misma lucha salvo que en distintos territorios; pareciendo ignorar, claro, que la principal activista en defensa del pueblo saharui y de su derecho a la autodeterminación ha vivido años de cárcel y torturas y, de forma más reciente, 32 días de huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote (2009) tras ser expulsada ilegalmente de El Aaiún.

Aminatou tiene unos ojos inmensos tras unas lentes chiquitas, le duele la boca porque está recién operada de la mandíbula y escucha, sabes que escucha. Observa paciente y sonríe. Esa sonrisa.

Y si ella sonríe, tú no te puedes cagar en Dios, pero lo haces e incluso dejas tu gin tonic a medias porque empieza a saberte a bilis. Sí, suena frívolo pero hubo gin tonics, una vez consumado nuestro fracaso, tocados y hundidos, pedimos unas copas. En mi caso concreto porque a la impotencia y frustración colectivas había que sumarle la rabia ante otro atentado verbal, esta vez contra Hassana Aalia. Un joven que no llega a la treintena y sobre el que ya pesa una condena a cadena perpetua por parte del gobierno marroquí, por la organización en 2010 de un campamento en Agdaym Izik en el que se congregaron más de 20.000 personas para conseguir derechos sociales y políticos para El Sáhara. Un movimiento pacífico que duró tan sólo 28 días pero que supuso el inicio de la Primavera Árabe, en palabras de Noam Chomsky. Hassana, desde que comenzó su activismo en 2005 y antes de vivir, aún sin visado definitivo, en España, no recuerda un sólo año en el que no estuviera en prisión. En varias entrevistas describe, sin inmutarse, algunas de las torturas que sufrió. A mí se me atraganta una croqueta cuando discutiendo, en su presencia, qué tendrá más impacto mediático para la causa, si nuestra expulsión o poder haber entrado, una voz que claramente no usa tacones suelta que lo mejor que nos podía haber pasado es haber sido encarcelados. Y digo lo de los tacones porque sólo así puedo explicarme tal cortedad de miras o tal falta de pudor o, tal vez, simplemente, tal grado de estupidez. La cárcel ¿lo mejor para quién?

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Asiento con ventanilla

La madre de Hassana era, precisamente, una de las que nos estaba esperando al otro lado de la ventanilla del avión, no literal, claro. Todo lo que nos aguardaba tuvimos que imaginarlo, ante nuestros ojos incrédulos sólo estaban la arrogancia, la soberbia y la dictadura. Si no fuera porque la situación no era para mucha risa, la verdad es que toda aquella puesta en escena parecía sacada de una peli de los 60, de actores malos previsiblemente caracterizados para hacer de policías malos. Sus gafas, sus mostachos, sus barrigas, su naftalina… Juraría que a alguno hasta se le podría distinguir la caspa, pero no tuve oportunidad para fijarme tanto, que ya me la jugué lo suficiente grabando.

Bueno, vale, sólo grabé una vez que el vice-alcalde, el único que vestía traje regional, emprendió la retirada; no soy tan valiente y sentados, tal y como nos ordenaron, dentro del avión, con los pasaportes requisados y unas acusaciones no muy gratas de no ser neutrales y, por tanto, no ser muy bien recibidos, mi situación en primera línea de frente del susodicho señor con vestido y barba no aconsejaba andarse con caralladas. Al fondo del avión, el presidente regional; haciendo bulto, algunos concejales y próxima a una ventana de emergencia una impoluta azafata que, en medio del desconcierto, nos dijo: ¿Pero no va a pasar nada, verdad?, ante lo que yo le pregunté ¿pero no habéis vivido esto más veces?, que obtuvo un no por respuesta, salvo en una ocasión, pero en Mauritania.

Dieron igual los argumentos, no importaron las acusaciones de si acaso tenían algo que ocultar, les resultó un dato menor que los interlocutores fuesen parlamentarios escogidos democráticamente por el pueblo, nosotras ni mencionamos que éramos periodistas: “si quieren volver a intentarlo háganlo a través de su Ministerio de Asuntos de Exteriores” mientras, váyanse por donde han venido, vinieron a decirnos.

Yo me pedí un sandwich de bonito, el de pollo ya me lo había comido antes, y mientras giraban las hélices creo que entendí un poco mejor el cinismo de Rick y sobre todo del capitán Louis Renault  en Casablanca, película en la que, por cierto, un buen número de los extras y de los personajes en roles menores eran auténticos refugiados. Ahora sólo sueño, soñamos con volver. El viaje fue como el principio de una hermosa amistad, con ese pueblo, con esa lucha. Estamos obligados a hacerlo, además, aunque sólo sea para poder probar las galletas que nos había preparado la madre de Hassana con el mismo amor y el mismo mimo como si fuese su propio hijo el que fuese a disfrutarlas.

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Hassana contagiando su sonrisa a parte de la delegación. Digan Patata, no digan Sáhara Libre

 

 

 

 

 

 

 

 

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