La fiesta de los maniquíes

LETRERO TAXI

Ayer pasé por el túnel de lavado. Pasó mi coche, se entiende, que una es punkarra pero aseada. Algo más de 13 minutos si escoges un completo y, la verdad, es que a Juan Luis  le hacía buena falta. Mientras esperaba, adopté la típica postura de gasolinera, que para eso lucía pitillo, taconazo y coleta. Apoyada de tal guisa sobre el surtidor, entrecruzando miradas furtivas con el chico del mono, no me preguntéis por qué, pero Pedro Sánchez fue lo único que se me vino a la cabeza.

Quizás la asociación de ideas tuvo que ver con los otros 13 minutos de espera, previos a los míos, durante los que los rodillos dieron cera y brillo a un coche de alta gama de un ex alcalde venido a menos de un partido venido a más. El caso es que como si fuera yo misma la que iba a ser emparedada por el robot higiénico e, imagino, presa de un ataque de pánico y claustrofobia, viví la experiencia como si se tratara de ese agujero negro por el que se supone atraviesas antes de cruzar al otro lado.  

Dicen y escriben -aunque la verdad es que nadie ha vuelto para corroborarlo- que durante ese tránsito haces un barrido, panorámica, secuencia… de los momentos más importantes de tu vida y a mí, pues me debió de pasar algo parecido pero con los mejores fotogramas del recién estrenado gobierno. Y nunca mejor dicho, lo de fotogramas, porque tanto criticar el plasma y mi memoria no ha seleccionado nada susceptible de hacerme sentir ciudadana, partícipe, co-responsable de ningún otro mundo real ni mejor ni posible.

Mi película

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Violar está de moda -pienso- Violar en grupo o en Manada. Te cuelas en Salsa Rosa; en titulares que se repiten en distintos medios, en diferentes localidades y aún encima prácticamente te sale gratis. Nos movilizamos, de forma espontánea, pero el cabreo apenas ocupa segundos del metraje y, además, la víctima estaba borracha. El patriarcado sigue campando a sus anchas. Pedro y Pablo son patriarcado, mal que les pese, pero son guapos, Pedro más que Pablo. Sin embargo no han entendido nada y se han vuelto a repartir los cromos en la cosa esta de lo público; por ahora o hasta donde sabemos, en la cosa de los medios, pero no importa ¿Cómo va a importar? Si muero de amor con el anuncio del bombo de la otra primera dama, de la Izquierda también, la dama de Garzón; con los estilismos de Iñigo en la Vogueparachicos y con los bíceps, tríceps… y no sigo que me pierdo del presi más macizo de España haciendo runnning por la Moncloa. Sánchez, el presi que también pasará a la historia por haber nombrado más Ministras que ministros y por saber hablar en inglés en las cumbres europeas. Sí, esas cumbres en las que se debatía con gesto simulado sobre el problema -que las palabras no se escogen en vano- de la inmigración, mientras 100 de esos nadie morían ahogados por falta de auxilio y de consenso, que lo que realmente estaba en juego era salvar a la Merkel. Como nosotros ya habíamos cumplido en Valencia… tenemos bula y no hace falta que lloremos estas pérdidas. Además, que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda, y con los demás miembros de la UE, todos a una Fuenteovejuna y acógelos en tu casa, pero nos marcamos un Alemania-España que a Angela le salva la coalición y a nostros… pues a nosotros nos regala otra foto de guapo guapo, aunque los titulares sean de pena, de mercadeo y  de xenofobia implícita.

Con lo de las tías nos colaron a Borrell, que todavía no ha dado mucho de qué hablar, no se ha puesto a desinfectar nada hasta el momento. Y nos colaron a un Marlaska que es gay, así que… lo demás está de más, el machismo de la justicia incluido. Jaulas de niños panchitos; granjas de úteros en riesgo de exclusión; recogidos reales con aires de los 90 ….  Argentina y Alemania fuera del Mundial y España que se salva por el gol de unas siglas, un tal VAR, que no tengo ni idea qué significa, sólo sé que no son las iniciales del nombre ni del apodo de Iago Aspas. Gallego. Sí, como Rajoy, como Feijóo y sus lágrimas, las que todos y todas atribuyen al pánico a Soraya como si el tiempo no pasara volando y el 2020 no esté a la vuelta de la esquina. Ya no sale en mi repaso Cataluña, o sí, que después de haberlos negado tres veces, como a Cristo, Pablo se dejó ver en Soto del Real, con Cuixart, que es de rollo así social; Estremera por ahora aún no toca. Lo sé porque lo vi en unas fotos, de un gran profesional, por cierto, el autor de la que ya será una imagen icónica: el adiós de Rajoy tras el K.O de la primera jornada de la moción de censura; el Km0; el día que comezó todo; el minuto 1 de esta secuencia, escena, barrido, fotograma…

-Señorita, son 9 euros

¿Pero ya han pasado 13 minutos? ¿ha sido mucho tiempo? ¿se me han pasado demasiado rápido? ¿Con la pinta de semifulana que llevo será un exceso decirle a este chico si me puede pellizcar?

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He salido de mi bucle confusa pero inmune, las cosas como son. Anestesiada. Porque yo también soy vouyer, espectadora, consumidora de una realidad surrealista como la descrita valga la redundancia o la cacofonía. Observadora pasiva y sumisa de una sociedad injusta, desigual y violenta en la que triunfa el sálvese quien pueda y en la que, sobre todo las mujeres, también somos carne picada.  

Empiezan las rebajas. Interpretad este post como queráis, como otra crítica o re-interpretación de Dhogs y, en concreto, de lo que significa la escena que casi nadie entiende o quiere entender de la performance del taxista, o como La fiesta de los Maniquíes. O tal vez como las dos cosas porque, quizás, en el fondo, todo sea lo mismo. Todo, mi barrenada y la de la performance no sean más que una metáfora de ese público que la película sitúa en primer plano como toque de atención, como espejo en el que mirarnos y avergonzarnos de nuestro grado de conformismo ante un mundo en el que permitimos que siempre haya alguien por encima de nosotros manejando los hilos. La asunción de la manipulación y el juego de control como una nueva zona de confort. O algo así.

The end.

Este Post es el desarrollo personal del reportaje publicado en Adiante.gal sobre la gira de Dhogs por las pantallas:  Cando o cine volveu ao cine 

Cine dentro del cine. El espectador como protagonista. La sociedad, pasiva y sumisa, como toque de atención.

 

NOTA: Fotos y trailer cedidos por la productora Gaitafilmes. Gracias infinitas por el material y la oportunidad de sumarme/nos (mi alter ego y yo) a Dhogs on the road!.

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Los niños muertos no están de moda

FOTO AYLAN

Fuente: Internet

Los niños muertos ya no están de moda. Lo advertí en su momento, con la perspectiva que me da vivir a años luz de la tierra, que Aylan corría el riesgo de ser puro atrezzo, y el tiempo me ha dado la razón.

Ah, ¿qué no os acordáis de quién era Aylan? Era un niño de entre dos o tres años, me parece, que escapaba de su país con más familia, un hermano o hermana concretamente, que podría haber salido en su misma foto, pero el efecto emocional causado habría sido tan diferente que poco más se supo del otro cadáver. El suyo sí daba juego, las malas lenguas dicen, incluso, que los fotoreporteros del dolor manipularon sus zapatitos y su posición para obtener La Foto, la que realmente sirviera para revolver conciencias.

Revolver o aliviar habría que preguntarse a día de hoy. Pues si bien es cierto que su muerte –su asesinato- a manos de una Europa inhumana e incivilizada de la que todos somos responsables, fue el punto de inflexión para poner en agenda el gravísimo problema de la inmigración y de ese cementerio gigante llamado Mar Mediterráneo; es también verdad que sirvió para marcar un antes y un después en la demostración explícita de lo peor de nosotros mismos. 

Es el peligro de la política de gestos, por eso cruzo los dedos para que la aceptación por parte de Pedro Sánchez del ofrecimiento de ciudades como Barcelona o Valencia para que el Aquarius atraque en sus puertos no se quede simplemente en eso.  En el vergonzoso grito de: ¡Victoria! del primer ministro de Interior Italiano.

OSCAR CORRAL

OSCAR CORRAL (EL PAÍS)

Aylan fue, efectivamente, una patada en la boca, pero como ya señalaron algunos analistas en su momento porque, en el fondo, podría ser tranquilamente un pequeño como los nuestros, como nuestros propios hijos. Su calzado estaba mojado, no descuidado; su ropita era occidental, hasta sus rasgos poco tenían que ver con las caras hacinadas de los hombres, mujeres y críos de naves como la rescatada por SOS Humanitaria. Estoy segura, de hecho, que pocos habéis sido los que os habéis atrevido a entrar en el album del gran compañero fotógrafo Óscar Corral a bordo del barco. Y os aseguro también que, aún haciéndolo, hay un momento en el que apenas distingues, pese al trabajo profesional de Óscar. En el que tu visión es homogénea, porque cada una de esas 629 personas recogidas por Médicos sin Fronteras tiene una vida, tiene una historia pero ahí, en un barco a la deriva, rechazado por todos los estados de bien sólo tienen una misma vivencia.

No somos refugiados

Han pasado ya 8 años desde que Europa asumió la mal llamada Crisis de los Refugiados. Primero con el entusiasmo paternalista de demostrar que por eso somos un continente desarrollado, cuna de civilizaciones, de valores, de filosofía, arte y democracia. Por eso Aylan fue portada, por eso todos los grandes líderes que manejan el cotarro, con Angela Merkel a la cabeza, convocaron con cierta urgencia -los tiempos en las instituciones tienen sus propios ritmos- reuniones para estudiar la situación y dar una respuesta política a una crisis de personas. La falta de acuerdos los llevó, incluso, a desplazarse a lujosos hoteles de calefacción asegurada y pasarela de abrigos de marca para ver si con un contexto diferente se acababa la discrepancia. Y estoy siendo irónica, claro, porque a medida que el pequeño Kurdi desaparecía de las informaciones de apertura de los telediarios, se multiplicaban las imágenes de patadas en las fronteras, el hambre, la miseria y las alambradas.  Se estaba acuñando, en palabras de Agus Morales, el concepto de refugiado como enemigo contemporáneo. “No son refugiados: son terroristas, criminales, indocumentados”.

Morales describe mucho mejor que yo lo que sucedió aquel verano de 2015 en el que “la opinión pública europea descubrió el continente de los refugiados sin refugio. Se había formado hace mucho tiempo, pero hasta que Europa no vio su contorno, hasta que no vio de cerca las caras de los millones de personas que huyen de la guerra cada año, no reaccionó (…) Europa tuvo que ver todo eso para vivir un momento de efervescencia. De indiganción, de aroma a cambio, de ya nada volverá  a ser lo mismo. Y Europa tuvo que ver una imagen como desencadenante, como símbolo del supuesto despertar de conciencias: Alan Kurdi (…) La imagen tomada por la fotoperiodista turca Nilüfer Demir fue un puñetazo para Europa. Aquella foto no hablaba árabe, sino inglés, alemán, castellano, francés. Meses después, ya no hablaba ningún idioma”.

De los 160.000 refugiados que la Unión Europea decidió acoger, repartidos por diferentes países, aún hoy es el día que no se han cumplido ni de lejos las cifras -en España, por ejemplo, del compromiso ya raquítico que se adquirió, aún fatan alrededor de 17.000 personas por llegar-  Y no sólo eso, sino que no se ha desarrollado una verdadera política humanitaria porque, citando de nuevo a Morales, “llegar no siempre es llegar. ¿Se puede llegar sin llegar?” Hay un después que todavía no está resuelto y que pasado el primer año de acogida vuelve a convertir en prisioneros, si es que alguna vez dejaron de serlo, a nuestros hermanos y hermanas que tuvieron la mala suerte de nacer en la otra cancha de la pista de tenis, mar u océano.

COLECCION CRUCERO CHANEL

IG Chanel (Colección Crucero)

A veces me preguntan qué tiene que ver alguna de las cosas que escribo con la moda. En mi biografía, el periodista y escritor Camilo Franco ya avanzaba algo. La ropa lo es todo, lo dice todo, es el material con el que construimos o disimulamos mucho de lo que queremos decir y también callar. Para mí, además, la moda es la coartada y la palabra, la salvación. Desde y sobre las costuras. Sin dedal, aunque sangre, aunque duela, porque hay estilismos, como el que lucimos en Europa de un tiempo a esta parte, que provocan auténticas hemorragias, pues van más allá del mal gusto y olvidan el sabio arte de combinar, de mezclar, de arriesgar con el mestizaje de texturas, culturas, diseños y colores.

VESTIDO RAYAS

IG Zaitegui

Me gustan mucho y se llevan las rayas. De tal guisa digo: yo os espero, yo os quiero. También me gustan mucho los barcos, en días como hoy, sin embargo, me pregunto si no habría que replantearse, por pudor, solidaridad y humanidad, la moda de la colección crucero.

Su último acto de libertad fue mirar al mar Mediterráneo.

Ulet era un somalí de 15 años que había sido esclavizado en Libia. Lo vi subir al barco de rescate con una camiseta amarilla de tirantes y señales negras en la rabadillas (…) Estaba solo. Era un menor sin familia ni amigos. Los somalíes que viajaban con él decían que había sido torturado en un centro de detención en Libia, que allí le obligaban a trabajar, que no le daban ni agua ni comida. Según el equipo médico a bordo, Ulet sufría también algún tipo de enfermedad crónica, nunca se sabrá cuál”.

Morales, Agus y Surynyach, Anna: No somos refugiados. Círculo de Tiza, 2017

 

 

 

Sáhara, ida por vuelta (2): Territorio Ocupado, Territorio Olvidado

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Playa de las Canteras (Las Palmas) Foto: Irene Tomé

La arena es efímera. Las causas permanecen. O no. Y lo peor es que no me atrevería a decir quién tiene más culpa, si el ocultamiento o la sobreexposición. Si los tiempos en los que el acceso a la información era más limitado o ahora que –el que quiere- puede encontrar un reportaje diario sobre todo ese periodismo que se engloba en cooperación, desarrollo o conflicto. Periodismo por decir algo, porque no es momento ni objeto de este relato entrar a valorar los reportajes sociales edulcorados. Un tema que merece su propio debate.

Afronto mi primera incursión profesional en África a pelo. Recibí una llamada y en cuanto oí el destino: El Aauín acepté sin más preguntas. Así es mi vocación o así es mi inconsciencia, vaya usted a saber; en mi armario, además, siempre habrá algo que ponerse según la ocasión, así que deshice la samsonite recién llegada del Teatro Maravillas y me puse la mochila por bandera. La invitación provino del Intergrupo Paz e Liberdade para o Pobo Saharuí del Parlamento de Galicia, integrado por representantes de los cinco grupos políticos con representación en la Cámara (Gonzalo Trenor, PP;  Noela Blanco, PSdeG; Xabier Ron, AGE; Montserrat Prado, BNG y Chelo Martínez, Cerna-Grupo Mixto) junto con la Asociación de Solidariedade co Pobo Saharuí (SOGAPS- Maite Isla y  Henrique Porto)

Para la parte más institucional del trabajo, como quien dice, no necesitaba muchos más datos de los que ya figuraban en la agenda de visitas, pero para mi crónica volví a naufragar y me sumé a la técnica “de esperar la sorpresa que te despierte como narrador, para ser capaz de descubrir las claves internas del relato -porque- Una preparación exhaustiva anestesia contra lo inesperado, impide el buceo emocional, apreciar lo que se está viviendo y reporteando”.

Y así fue como apareció la metáfora de la arena. Así fue como caí en la cuenta de hasta qué punto todos los conflictos realmente son el mismo conflicto, presentes o latentes, según hasta dónde haya alcanzado la marea.

Los ochenta

Me interrumpe, mientras escribo, un mensaje directo de twiter y, tras contestarlo, en el timeline aparecen 140 caracteres ilustrados sobre la hambruna en Malawi. Y vuelvo a los años 80, a esa época en la que los de mi generación vimos por primera vez los vientres inflados y los mocos con moscas de los etíopes, una imagen que, desgraciadamente, hemos interiorizado de tal manera que la hemos hecho sinónima de África y de la desnutrición, así, sin matices. Es en esa misma época, la de los 80, cuando sitúo las primeras proclamas sobre el Sáhara y cuando por mi casa se dejan ver los primeros paños palestinos, los revolucionarios, claro, no los que vistieron años más tarde las pasarelas.

palestinos en las pasarelas

Foto Internet

Luz y taquígrafos

Desde que Aylan actuó de “atrezzo” para la visibilización de los refugiados, hemos conocido, por fin, algo sobre la realidad actual de Siria, de Afganistán, de Irak. Pero es que antes de Aylan, murieron muchos más; antes de Aylan estaba Lampedusa, como lo está ahora, y como lo seguirán estando todos los muertos sin nombre del mediterráneo y de otros mares mientras no haya una verdadera voluntad política para resolver el conflicto; otra cosa es hasta qué punto nos enterararemos de todo ello. Hoy mismo la policía cargaba sobre Idomeni, pero dudo de la trascendencia que tendrá ese grave y repetido incidente.

Recién aterrizados, aún en Canarias, Abdelkader Taleb Oumar, ministro de los Territorios Ocupados, vino a decirnos, no sin razón, el tópico de que si no sales en los medios no existes, y lamentó que mientras “se informa de cualquier lugar del mundo donde se pisotean los derechos humanos, del Sáhara, no”. Y si bien es cierto “que un periodista no cambia el curso de las guerras, sin su mirada crítica y constante de los conflictos, estos serían insoportablemente más crueles e injustos”. Por eso, la delegación política con la que viajábamos tenía tan claro la necesidad de ir acompañada de periodistas, que se complementasen más allá de las siglas que les abonaron el pasaje. Luz y taquígrafos no tanto para demostrar qué formación enarbola la bandera más grande en defensa del pueblo saharuí sino para hacer visible que este pueblo es y está.

periodistas

Periodistas. Dos generaciones. Aprendiendo de la joven, inquieta y entusiasta Irene Tomé

Conciencia social

Siria podría ser una oportunidad para despertar conciencias y para hacernos mirar más allá de su propio conflicto. Un revulsivo para levantar alfombras y poner en agenda toda la mierda que durante años o incluso siglos hemos generado desde aquel viejo concepto de Primer Mundo.

Lo malo es que después de Aylan, el target de este tipo de información está demasiado definido. Quizás las fotos puedan llegar a más público pero las claves sólo nos preocupan a los mismos, que nos retroalimentamos generando la falsa ilusión de que cada vez somos más los que tenemos algo de conciencia social y los que sabemos todo lo que realmente está pasando detrás de los flashes y detrás de algunas historias de vida o, para ser más precisos, de no vida.

5 millones de minas

“Los saharauis son unos 125.000 y llevan 40 años en tiendas provisionales de refugiados. Sensatos, pacíficos, estoicos, lo han intentado todo sin recurrir al terrorismo y nosotros los hemos premiado con la olímpica ignorancia de sus derechos y su dolor”. Así se expresaba Rosa Montero, casualmente el mismo fin de semana que nuestra delegación viajaba de vuelta a casa, sin haber podido entrar en el territorio ocupado. Se expresaba así en un artículo titulado Vergüenza, reconociendo, ella misma, que a pesar de ser próxima a su causa y haber escrito varios reportajes “los años pasan como una lluvia de plomo y la implacable política marroquí de represión y aplastamiento, junto con la atroz indiferencia de la comunidad internacional, han conseguido enterrar en vida a este pequeño pueblo”.

La periodista sale de su letargo al conocer, varios días después de haber sucedido, una noticia oculta: la muerte del sindicalista Brahim Saika, de 32 años. Seguro que desconoce que, pocos días después, al asesinato de Brahim hay que sumarle el de otro joven estudiante que apareció muerto a principios de mayo en extrañas circunstancias. Nosotros nos enteramos porque estamos allí. O casi allí. A 40 minutos de avión de un estado “hermetizado”, “aislado”, “bloqueado”, tomado por el este por un muro de 2.700 km salpicado de 5 millones de minas.

Sí, tenemos sólo una fuente, es información de parte, pero ¿cómo no creerla cuando las autoridades que la niegan te impiden el acceso al país? ¿Dónde quedan la libertad de información y de circulación propias del estado democrático del que se jacta el gobierno Marroquí mientras el estado español mira para otro lado?

Oumar nos aporta todos estos datos, a los que hay que añadir los 97 observadores internacionales que han sido expulsados desde que comenzó el año –los últimos, una delegación de juristas que velaban por el respeto de los derechos humanos en las cárceles- más los 55 presos políticos, grupo en el que se encontraban los dos jóvenes fallecidos.

niños sahara

Foto Internet

El conflicto se ha enquistado. El territorio es un polvorín en el que, desalojado el componente civil de la misión de paz de la ONU (MINURSO) ya sólo quedan los tanques y el despliegue policial supuestamente disimulado tras ropa de calle. Quizás los niños que tengan la fortuna de acogerse al programa de Vacaciones en Paz puedan arrojar algo de luz sobre lo que está pasando tras ese búnquer; mientras, sólo toca esperar a que, desgraciadamente, alguno de esos niños vuelva a llamarse Aylan.

Y le pongo nombre porque Hassana, siempre pendiente de las redes sociales, muda su expresión en un momento del vuelo que ya nos conducía a Vigo. Una niña de 12 años ha muerto alcanzada por una mina en la localidad de Machbe. El suceso se produjo el miércoles, lo conocemos el sábado y la niña… sólo sabemos que cuidaba su rebaño, anónima, sin identidad.

pasaporte

Des-Embarque

Vigo-Madrid-Las Palmas-El Aaiun-Las Palmas-Madrid-Vigo

Fueron 72 horas viviendo, como quien dice, en un avión. Y porque tuvimos la suerte de que la aeronave de la compañía canaria Binter que nos trasladó a El Aauín regresaba de inmediato a Las Palmas, de lo contrario, el periplo habría sido aún mayor.

Alguien comentaba que, racionalmente, deberíamos de tener claro que no nos iban a dejar entrar, pero nuestro ánimo era de todo lo contrario. No sé si nos pudieron las ganas que teníamos de poder hacerlo o esa paz, serenidad y tenacidad que, efectivamente, transmiten estas gentes. Todas ellas. Empezando por la propia Maite Isla quien, pese a ser la representante de SOGAPS, ya podría pasar por uno de ellos, supongo que porque ya suma muchos años de lucha igual de incansable y pacífica.

El mar, los versos y las papas arrugás

Disfrutamos de unas horas previas a la derrota durante las que el talante sosegado de Oumar, poniéndonos en situación y previniéndonos de los posibles escenarios ante los que nos podíamos enfrentar, contrastaba con nuestra viscelaridad. Nuestra indignación poco disimulada ante lo que a todas luces es injusto y atroz. La poesía consiguió templar algo los ánimos: sus versos y su interculturalidad de rimas en árabe y gallego. Las papas arrugás calmaron nuestros estómagos, machacados de responsabilidad, incertidumbre, nervio y comida de aeropuerto. El mar, su horizonte, creo que hicieron el resto a la hora de tener tan claro que nuestro viaje no sería en vano. Allí estaban, además, Aminatou y Hassana para reafirmarnos en que teníamos que hacerlo, teníamos que dar respuesta a las diversas solicitudes recibidas en los últimos meses por parte de distintas organizaciones y familiares de presos y desaparecidos. Con ese objetivo se montó la delegación, cuyos miembros, en parte, ya habían participado en una misión parecida hace dos años. La agenda incluía la visita a la Asociación de Víctimas  saharuais de graves violaciones de derechos humanos cometidos por el estado marroquí,  ASVDH, ong legalizada recientemente, así como a distintas autoridades locales, ¿cómo imaginar, entonces, que ni siquiera nos permitirían bajar del avión?

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Aminatou recibe a la delegación expulsada y habla ante los medios

Aminatou y Hassana

Me acosté sin haberme atrevido a reconocer que era gafe. Que la primera vez que pisaba Canarias no hiciese buen tiempo ya debería de haber levantado sospechas sobre nuestro desenlace, pero tenía sueño, quería cruzar esa maldita frontera y además estaba algo enfadada. A la gente se la conoce viajando, yo he conocido a gente estupenda en esta aventura, pero siempre tiene que haber una nota discordante. Esa persona que nos obliga a todos a mirar hacia otro lado, sentir vergüenza ajena y pedir las disculpas que nunca esperarás que pida ella. Ese tipo de personas capaces de confundir la admiración y el respeto con la militancia, de hacer suyas las causas o las banderas y, en un claro ejercicio de pérdida de perspectiva, osar ponerse a la altura de Aminatou Haidar. Insinuar ser víctimas de una misma lucha salvo que en distintos territorios; pareciendo ignorar, claro, que la principal activista en defensa del pueblo saharui y de su derecho a la autodeterminación ha vivido años de cárcel y torturas y, de forma más reciente, 32 días de huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote (2009) tras ser expulsada ilegalmente de El Aaiún.

Aminatou tiene unos ojos inmensos tras unas lentes chiquitas, le duele la boca porque está recién operada de la mandíbula y escucha, sabes que escucha. Observa paciente y sonríe. Esa sonrisa.

Y si ella sonríe, tú no te puedes cagar en Dios, pero lo haces e incluso dejas tu gin tonic a medias porque empieza a saberte a bilis. Sí, suena frívolo pero hubo gin tonics, una vez consumado nuestro fracaso, tocados y hundidos, pedimos unas copas. En mi caso concreto porque a la impotencia y frustración colectivas había que sumarle la rabia ante otro atentado verbal, esta vez contra Hassana Aalia. Un joven que no llega a la treintena y sobre el que ya pesa una condena a cadena perpetua por parte del gobierno marroquí, por la organización en 2010 de un campamento en Agdaym Izik en el que se congregaron más de 20.000 personas para conseguir derechos sociales y políticos para El Sáhara. Un movimiento pacífico que duró tan sólo 28 días pero que supuso el inicio de la Primavera Árabe, en palabras de Noam Chomsky. Hassana, desde que comenzó su activismo en 2005 y antes de vivir, aún sin visado definitivo, en España, no recuerda un sólo año en el que no estuviera en prisión. En varias entrevistas describe, sin inmutarse, algunas de las torturas que sufrió. A mí se me atraganta una croqueta cuando discutiendo, en su presencia, qué tendrá más impacto mediático para la causa, si nuestra expulsión o poder haber entrado, una voz que claramente no usa tacones suelta que lo mejor que nos podía haber pasado es haber sido encarcelados. Y digo lo de los tacones porque sólo así puedo explicarme tal cortedad de miras o tal falta de pudor o, tal vez, simplemente, tal grado de estupidez. La cárcel ¿lo mejor para quién?

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Asiento con ventanilla

La madre de Hassana era, precisamente, una de las que nos estaba esperando al otro lado de la ventanilla del avión, no literal, claro. Todo lo que nos aguardaba tuvimos que imaginarlo, ante nuestros ojos incrédulos sólo estaban la arrogancia, la soberbia y la dictadura. Si no fuera porque la situación no era para mucha risa, la verdad es que toda aquella puesta en escena parecía sacada de una peli de los 60, de actores malos previsiblemente caracterizados para hacer de policías malos. Sus gafas, sus mostachos, sus barrigas, su naftalina… Juraría que a alguno hasta se le podría distinguir la caspa, pero no tuve oportunidad para fijarme tanto, que ya me la jugué lo suficiente grabando.

Bueno, vale, sólo grabé una vez que el vice-alcalde, el único que vestía traje regional, emprendió la retirada; no soy tan valiente y sentados, tal y como nos ordenaron, dentro del avión, con los pasaportes requisados y unas acusaciones no muy gratas de no ser neutrales y, por tanto, no ser muy bien recibidos, mi situación en primera línea de frente del susodicho señor con vestido y barba no aconsejaba andarse con caralladas. Al fondo del avión, el presidente regional; haciendo bulto, algunos concejales y próxima a una ventana de emergencia una impoluta azafata que, en medio del desconcierto, nos dijo: ¿Pero no va a pasar nada, verdad?, ante lo que yo le pregunté ¿pero no habéis vivido esto más veces?, que obtuvo un no por respuesta, salvo en una ocasión, pero en Mauritania.

Dieron igual los argumentos, no importaron las acusaciones de si acaso tenían algo que ocultar, les resultó un dato menor que los interlocutores fuesen parlamentarios escogidos democráticamente por el pueblo, nosotras ni mencionamos que éramos periodistas: “si quieren volver a intentarlo háganlo a través de su Ministerio de Asuntos de Exteriores” mientras, váyanse por donde han venido, vinieron a decirnos.

Yo me pedí un sandwich de bonito, el de pollo ya me lo había comido antes, y mientras giraban las hélices creo que entendí un poco mejor el cinismo de Rick y sobre todo del capitán Louis Renault  en Casablanca, película en la que, por cierto, un buen número de los extras y de los personajes en roles menores eran auténticos refugiados. Ahora sólo sueño, soñamos con volver. El viaje fue como el principio de una hermosa amistad, con ese pueblo, con esa lucha. Estamos obligados a hacerlo, además, aunque sólo sea para poder probar las galletas que nos había preparado la madre de Hassana con el mismo amor y el mismo mimo como si fuese su propio hijo el que fuese a disfrutarlas.

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Hassana contagiando su sonrisa a parte de la delegación. Digan Patata, no digan Sáhara Libre