Putas etiquetas

SexoNY

¿Recordáis aquel capítulo de Sexo en Nueva York en el que Carrie salía con un candidato republicano? Se supone que los guionistas intentaban hacer una “crítica” a la doble moral del conservadurismo americano, pues la rubia que hizo que los Manolo Blahnik cotizaran al alza y que hasta pisaran moqueta en la Xunta, dejaba al susodicho candidato porque sus gustos sexuales eran cuestionables o perversos. Ella, la rubia a la que nunca se le han visto las tetas en años de temporadas y follaba con las bragas de abuela puestas.

El caso es que ayer tuve una experiencia en Vigo que me hizo pensar que estaba equivocada, que el verdadero drama del capítulo no era el sexo sino ese momento en el que los asesores del republicano le piden a la tía con el armario más envidiable del mundo que se coloque una chapa en su solapa de mohair.

Recordé esta escena y los numerosos planos en los que la actriz intentaba escaquearse y pasar ampliamente de lucir el emblema. Se me vino nítidamente a la cabeza porque en mi teórica primera incursión mareante pretendían que luciese en alguna de mis prendas una pegatina blanca, tamaño dirección postal, con mi nombre.

Etiquetas Vigo

Es verano, un caluroso verano en Galicia aunque algunos sigan pensando que siempre llueve -o directamente no piensen nada porque Galicia parace que se la suda– así que en mi caso  el mohair no era apropiado. Aposté por una falda marca Re_versible, es decir, re_convertida en vestido palabra de honor y por un pañuelo multiusos que protegía mis amígdalas, frágiles a partes iguales al sol y al aire acondicionado. No vestía tejidos más nobles que los del resto de la peña, lo reconozco, pero me negué en rotundo a que mi ropa conservase un pegote negruzco tras casi nueve horas de parto del partido instrumental que imagino llevará por nombre En Marea. Si finalmente, como comentaba un colega, con el tiempo podemos decir: “yo estuve allí”, con lo fetichista que soy quizás me tire de los pelos y me arrepienta de no conservar el pegote en el vestido, pero hoy por hoy mi ropa es sagrada, será que aún conservo algo de “casta” 🙂

Lo que sí molaba eran las cartulinas de voto, aunque me jodió un huevo e incluso a punto estuvo de llevarme a confusión el hecho de que la tarjeta de “expulsión”, No, Stop… que toda la vida se ha representado con el rojo, en este caso fuese rosa fucsia, sin duda uno de mis colores favoritos. Será que aún no soy lo suficientemente lila 🙂

Pero lo que no acabé de entender es que para hidratarnos optasen por aguas, refrescos y cervezas… sin alcohol. Porque salvo la mía, creo que hubo pocas crónicas de ambiente del evento, pues este detalle, en apariencia insignificante, da para escribir ríos de tinta sobre supuestos temores de la organización, ¿acaso estaban tan tensas las cosas que si se despachaban bebidas con cierta graduación la cosa podía desmadrarse? Hasta donde mi memoria alcanza, con o sin alcohol, los desmadres o determinadas puestas en escena iban a ser -y fueron- las mismas por parte de los mismos, así que no veo dónde estaba el problema.

Vale, sí, sé que he dicho que era mi primera incursión mareante, incluso asamblearia , acreditada para poder permanecer dentro de la sala, pero también maticé que era mi primera incursión “teórica”. De hecho, antes incluso de subir el primer escalón del auditorio Mar de Vigo, ya había caído en las redes del Dejavú y “de los mismos”. Redes, por cierto, que habrían quedado bien monas, hablando de velas, mar y navegar, en un escenario no muy currado, con un centro de flores típico de sala de espera médica o mortuoria. Sí, lo siento, que ya sé que la gente trabajó un montón pero… ¿veis? No soy tan casta, que me puede la estética, no por nada sino porque también comunica 🙂

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La cuestión es que reconozco mi escepticismo inicial, que hasta vi fantasmas en alguno de los recesos que no venían en el programa pero que incluí por mi cuenta y riesgo porque, como siempre, lo mejor está en los pasillos. En este caso, además, metafórico y literal, porque la ubicación era única, la ría de Vigo es única, y en esos ratitos que sales a fumar o a acompañar sí que se respiraba marea, atlántico y hasta Bourbon; que quizás muchos no se dieron cuenta, pero uno de los inmensos barcos allí atracados llevaba por nombre Bourbon Clear. Yo creo que era una señal, de celebración o de darnos a la bebida; algo así como ¿el Bourbon esclarece, no?

Las asambleas no son para el verano

Me ausenté varias veces, una de ellas en cuanto escuché la palabra Telegram, ese mal de la nueva política sobre el que todavía no he escrito, pero lo haré, juro que lo haré; y también para recolocarme el vestido, que ya sabéis por qué se llama así, ¿no? palabra de honor que no se me cae… o sí, cuando pasadas las horas y los documentos ya no sabes muy bien cómo sentarte y te vas hundiendo en la butaca.

Y es que las asambleas no son para el verano, por eso –aparte de por las cosas serias- esta ha tenido tanto mérito. A 30 grados y con las Cíes provocando, la pregunta ya casi en la clausura no puede ser: ¿dónde estaríamos si no estuviésemos hoy aquí?, porque hasta el más comprometido de los comprometidos, el más coherente de los coherentes estaba pensando lo mismo que yo y lo mismo que están pensando ustedes: en la playa.

Pero como también se dijo en la despedida, el éxito del encuentro radicó en la palabra ceder y si se cede en lo político cuánto más en lo personal, ya Agosto nos recompensará con días de sol y arena. Ceder, eso sí que marca la diferencia con mis dejavús; eso y las tarjetas de colores. Aunque a mí me hubiese gustado más usar la rosa, por primera vez en mucho tiempo he sido testigo en primera persona de manos alzadas, visibles las caras, reconocibles los nombres de quienes sí optaron por esa opción.

Para algo servían las putas etiquetas, para conocer, transaccionar y sumar, no para juzgar ni identificar partidariamente a quien opina diferente.

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Foto Europa Press. Marea Constituínte. Vigo 30 Xullo

 

 

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Resort atlántico

Hoy he cenado un bocadillo de pan rosa y un farero no me ha quitado ojo. Hoy, además –por ayer- había luna llena, aunque como escribió alguien desde Donosti, la muy jodida no se ha dejado fotografiar. Es como el mar, para los que lo preferimos a la montaña, que ya te puedes cansar de disparar instantáneas que es imposible captar una imagen que haga justicia a su inmensidad.

Tenía un amigo, de esos que prefieren la montaña, que no daba pillado lo del “inmenso”, le parecía pura rutina: olitas vienen, olitas van, ahora la marea que sube, ahora que vuelve a bajar… Era incapaz de encontrar los matices; claro que ahora que lo pienso, lo de los matices era incapaz de encontarlos en casi nada, así que quizás no sea el mejor ejemplo para lo que nos ocupa.

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Me gusta el mar y me gusta el mío sobre todos los demás, al menos sobre los que conozco, porque el mío huele. Es puro oxígeno, tanto cuando te ahogas por el calor como cuando lo haces por las cirscunstancias: vestida de primavera, verano, otoño o invierno.

Además, cambia de color, sólo tienes que practicar algo de paciencia y ser capaz de mirar. De mirar y de imaginar, porque hemos interiorizado hasta tal punto los folletos tipo Punta Cana que no somos capaces de reconocer el mismo paraíso en nuestras propias transparencias, nuestros propios verdes o nuestros propios turquesas. Sí, vale, olvídense de hamacas alineadas -y alienadas también-, palmeras perfectas y bebidas de colores… ¿pero nos hacen falta?

Reivindiquemos el cutre chiringuito, los accesos casi sin asfaltar y hasta los caminos que te customizan las piernas con las silvas si optas por el  mini-short, no porque tengamos que asumir que así debe ser la idiosincrasia del País –pienso sobre todo en lo necesario de limpiar esos caminos por culpa de los incendios- pero sí como ejemplo extremo para demostrar lo que es o debería ser la preservación natural y el orgullo patrio frente al parque temático del todo incluído,  las pulseras identificativas -que no identitarias- y las tetas siliconadas.

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Con perspectiva

Ventajas de la periferia, quizás de las pocas que aún nos quedan. Que quizás es por eso, porque durante años nos han enseñado u obligado de forma inconsciente a reconocer que lo mejor siempre está fueraque lo nuestro aún lo mantenemos bastante a monte, sin preservar y sin valorizar tampoco.

Dicen que el nacionalismo se cura viajando; pero a mí, que por unas circunstancias u otras me ha tocado andar de aquí para allá desde el verano del 2013, tanto viaje de “altura” y de “oceáno a océano” me han dado la perspectiva contraria; y no sólo eso, sino que me han hecho comprobar que algunas realidades que hace tan sólo unos años me parecían sobredimensionadas sí existen ¡y en gente de mi generación! que, joder, otro tipo de cultura se supone que ya hemos tenido.

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Turismo accidental

Y no sé si ha sido precisamente por el aprendizaje acelerado de los últimos meses sobre lo que significa ser un “colonizado” –con lo que yo he renegado de esta palabra- o, simplemente, el hecho de que desde ese verano del 2013 no había disfrutado de un par de días seguidos a pie de playa, por lo que me ha dado por ahí: por el turismo nacional y por la exaltación del salitre y el mar. Tanto, tanto, que a falta de haber metido la toalla en la maleta, ni me ha importado eso del cuerpo a tierra, o a arena, en este caso. Porque hasta la arena mola.

Me jode un poco la playlist del garito, eso sí; pues atenúa el sonido de las olas, no me deja escuchar bien las conversaciones ajenas y  suena en bucle desde que he llegado muy a ritmo de los 80 y, sobre todo, a ritmo de No no, que el tiempo no te cambie, canción que me sitúa irremediablemente justo en el contexto que he venido a evitar; bueno, a evitar a medias, el de una campaña electoral.

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Sabores y olores

Cosas del atlántico, también, no del vicio; lo de tener que echar horas y cañas en el bar, que la niebla es como las olas, viene y va, y aunque también se está a gusto leyendo en alguno de los recoquevos que libera la bajamar, el postureo es el postureo y siempre luces más con tu camisa blanca remangada y a medio abrochar, tu sombrero Metier y tu vermut rojo dándole a la tecla que pasando las hojas a un libro que acabará lleno de arenas pero del que no habrás pasado de la primera página.

Vale, sí, también está la gaviota cabrona que te quiere birlar la tapa, pero no importa porque hoy voy a volver a cenar rosa. Eso sí, helado en vez de pan y un Magnum, no un Frigopié, que ya tenemos una edad. Así que emprendo camino de regreso al Dukess oliendo igual de bien que antes, o casi mejor, a brisas y brasas, las que tostaron los 100 gramos de buey de mi hamburguesa colorada. El farero ya empieza a guiñar de nuevo el ojo y, aunque soy negada para la geolocalización, me confirman que es Ons, a lo lejos quien guía estos días mis sueño(s) y mis pasos.

Continuará

 

 

 

 

¡No me toquen los c…olores!

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Ayer me pinté los labios de color naranja. Las sandalias también. No, no es que les echara yo el tinte, simplemente nos pusimos de acuerdo. Dicen que es el color de la creatividad, realmente es ideal para el verano, pero desde que la nueva política ha usurpado antes el espacio de la forma en detrimento del del fondo, casi tienes que pedir perdón según cómo salgas vestida de casa.

Vestida y peinada, porque si hay colores que se han convertido en tabú –a izquierda y derecha- qué decir de la coleta o, leído lo del sueldo del peluquero de Hollande, cómo no denostar una coronilla deshabitada.

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Mundo capilarmente mal repartido

La barra de labios era de mi madre, ese es el verdadero motivo por el que la uso poco, no porque tema que me acusen de “Ciudadana”; entre otras cosas porque, qué coño, también lo soy. Recuerdo que a ella lo de los colores, cuando yo era pequeña, le afectaba sobremanera. Nunca nos vistió de rojo y gualda, por ejemplo, por aquello de no parecer una bandera en la que, además, mucho no acreditaba.

Con el tiempo, la Vogue y Ágatha Ruíz de la Prada la combinación patria no acabó de convencernos, pero por pura cuestión estética; no obstante, asumimos sin problema mezclar fucsias y bermellones, otrora pecado mortal del buen uso de la paleta cromática.

Habíamos evolucionado, el país había evolucionado, las modas también lo habían hecho y aunque se seguía hablando del outfit de la política, siempre era una información menor, de color, propia de un segundo paquete en términos de maquetación. Hoy, sin embargo, los tiempos han vuelto a cambiar, que no me atrevería a decir que a evolucionar, y primero somos naranjas, es decir, fachas, del mismo modo que primero somos morados y, después, explicamos cuál es el nuevo concepto de marxismo o socialdemocracia.

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Conste que, en este momento, lo que más me jode de la situación es lo que limita mi fondo de armario porque de lo demás ya estoy curada de espantos y vistos los resultados del 26J creo o espero que unos cuantos más también hayan sanado.

Si esto es así, si realmente la medicina ha actuado como terapia y no como placebo, calculo que, con suerte, para este invierno ya podremos desempolvar abrigos morados, azules o anaranjados sin problema. Y pintarnos los labios de igual color, libres de prejuicios y de etiquetas porque, como dice el refrán, aunque la mona se pinte de seda mona se queda mientras que la belleza, recuerden, siempre está en el interior.