Resort atlántico

Hoy he cenado un bocadillo de pan rosa y un farero no me ha quitado ojo. Hoy, además –por ayer- había luna llena, aunque como escribió alguien desde Donosti, la muy jodida no se ha dejado fotografiar. Es como el mar, para los que lo preferimos a la montaña, que ya te puedes cansar de disparar instantáneas que es imposible captar una imagen que haga justicia a su inmensidad.

Tenía un amigo, de esos que prefieren la montaña, que no daba pillado lo del “inmenso”, le parecía pura rutina: olitas vienen, olitas van, ahora la marea que sube, ahora que vuelve a bajar… Era incapaz de encontrar los matices; claro que ahora que lo pienso, lo de los matices era incapaz de encontarlos en casi nada, así que quizás no sea el mejor ejemplo para lo que nos ocupa.

Mar1

Me gusta el mar y me gusta el mío sobre todos los demás, al menos sobre los que conozco, porque el mío huele. Es puro oxígeno, tanto cuando te ahogas por el calor como cuando lo haces por las cirscunstancias: vestida de primavera, verano, otoño o invierno.

Además, cambia de color, sólo tienes que practicar algo de paciencia y ser capaz de mirar. De mirar y de imaginar, porque hemos interiorizado hasta tal punto los folletos tipo Punta Cana que no somos capaces de reconocer el mismo paraíso en nuestras propias transparencias, nuestros propios verdes o nuestros propios turquesas. Sí, vale, olvídense de hamacas alineadas -y alienadas también-, palmeras perfectas y bebidas de colores… ¿pero nos hacen falta?

Reivindiquemos el cutre chiringuito, los accesos casi sin asfaltar y hasta los caminos que te customizan las piernas con las silvas si optas por el  mini-short, no porque tengamos que asumir que así debe ser la idiosincrasia del País –pienso sobre todo en lo necesario de limpiar esos caminos por culpa de los incendios- pero sí como ejemplo extremo para demostrar lo que es o debería ser la preservación natural y el orgullo patrio frente al parque temático del todo incluído,  las pulseras identificativas -que no identitarias- y las tetas siliconadas.

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Con perspectiva

Ventajas de la periferia, quizás de las pocas que aún nos quedan. Que quizás es por eso, porque durante años nos han enseñado u obligado de forma inconsciente a reconocer que lo mejor siempre está fueraque lo nuestro aún lo mantenemos bastante a monte, sin preservar y sin valorizar tampoco.

Dicen que el nacionalismo se cura viajando; pero a mí, que por unas circunstancias u otras me ha tocado andar de aquí para allá desde el verano del 2013, tanto viaje de “altura” y de “oceáno a océano” me han dado la perspectiva contraria; y no sólo eso, sino que me han hecho comprobar que algunas realidades que hace tan sólo unos años me parecían sobredimensionadas sí existen ¡y en gente de mi generación! que, joder, otro tipo de cultura se supone que ya hemos tenido.

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Turismo accidental

Y no sé si ha sido precisamente por el aprendizaje acelerado de los últimos meses sobre lo que significa ser un “colonizado” –con lo que yo he renegado de esta palabra- o, simplemente, el hecho de que desde ese verano del 2013 no había disfrutado de un par de días seguidos a pie de playa, por lo que me ha dado por ahí: por el turismo nacional y por la exaltación del salitre y el mar. Tanto, tanto, que a falta de haber metido la toalla en la maleta, ni me ha importado eso del cuerpo a tierra, o a arena, en este caso. Porque hasta la arena mola.

Me jode un poco la playlist del garito, eso sí; pues atenúa el sonido de las olas, no me deja escuchar bien las conversaciones ajenas y  suena en bucle desde que he llegado muy a ritmo de los 80 y, sobre todo, a ritmo de No no, que el tiempo no te cambie, canción que me sitúa irremediablemente justo en el contexto que he venido a evitar; bueno, a evitar a medias, el de una campaña electoral.

Mar2

Sabores y olores

Cosas del atlántico, también, no del vicio; lo de tener que echar horas y cañas en el bar, que la niebla es como las olas, viene y va, y aunque también se está a gusto leyendo en alguno de los recoquevos que libera la bajamar, el postureo es el postureo y siempre luces más con tu camisa blanca remangada y a medio abrochar, tu sombrero Metier y tu vermut rojo dándole a la tecla que pasando las hojas a un libro que acabará lleno de arenas pero del que no habrás pasado de la primera página.

Vale, sí, también está la gaviota cabrona que te quiere birlar la tapa, pero no importa porque hoy voy a volver a cenar rosa. Eso sí, helado en vez de pan y un Magnum, no un Frigopié, que ya tenemos una edad. Así que emprendo camino de regreso al Dukess oliendo igual de bien que antes, o casi mejor, a brisas y brasas, las que tostaron los 100 gramos de buey de mi hamburguesa colorada. El farero ya empieza a guiñar de nuevo el ojo y, aunque soy negada para la geolocalización, me confirman que es Ons, a lo lejos quien guía estos días mis sueño(s) y mis pasos.

Continuará

 

 

 

 

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