El José Couso más injusto

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No he sido capaz de reconocer el traje, pero juraría que es uno de los que le compró Viqueira. Ana, la que nos enseñó a un buen número de generaciones a juntar letras en este oficio en peligro de extinción que es el periodismo. Amor, la que presumía de apellido pese a huir, de boquilla, del romanticismo. Su mujer, su compañera, su amiga, su guía, la de él y la de tantos otros, incluso los que nos hemos quedado por el camino. Hoy sería uno de esos días en los que una de sus muchas contradicciones -no más que las de todos- aflorarían. Nos reprocharía que estuviésemos atacadas pensando “qué modelito” ponernos para la entrega de los Premios José Couso, al mismo tiempo que reñiría con Vázquez, con Xosé, con Hermida, para que fuese hecho un pincel. También ella, de boquilla, se haría la punki, pero el Amor marca y no sólo asistiría al acto divina de la muerte sino que sentiría orgullo de primera dama y, sobre todo, de maestra.

No he ido a Ferrol, no he leído nada sobre el discurso, pero sé que ella ha estado presente de todas las formas posibles. En el texto, en el contexto y, sobre todo, en la memoria. De hecho, a veces me pregunto ¿a quién le hemos concedido el premio, realmente? Y no porque Vázquez no lo merezca, no porque cuestione que es y seguirá siendo el mejor periodista que ha parido Galicia, sino porque, en el fondo, es un premio injusto. Los V&V eran eso, una sociedad que no se entiende la una sin la otra, pero el cáncer nos ha vuelto a enseñar que se lleva por delante a quien considera, sin pararse a pensar en si esa persona ha hecho méritos suficientes para irse tan pronto y de semejante manera.

Ya nos lo había demostrado un año atrás con Nacho, con Rabudo y el pasado verano quiso recordárnoslo. Bueno, lo hizo antes, con el diagnóstico, pero siempre prefieres pensar en que este progresará adecuadamente, en el mejor de los sentidos, es decir, que sí, te ha tocado, pero ha sido sólo una llamada de atención. Es cierto que ella siempre ha estado rodeada de muertes tempranas, como también es cierto que mató antes de tiempo a su madre durante casi diez años de prórroga en lugar de disfrutarla, una década en la que los demás si tuvimos que llorar con lágrimas de realismo la muerte de muchos de nuestros seres más queridos.

Paradojas

Reconozco que por eso, quizás, fui algo incrédula en la gravedad del asunto. Su cronificación también ayudó a que la noticia me pillara tan de sorpresa; lo recuerdo bien, en los inicios de una nueva etapa de mi vida que acabó en naufragio. Una etapa, paradojas de la vida, que comenzó precisamente en la entrega de los anteriores premios José Couso, en Ferrol, con una llamada de teléfono desde Madrid que marcó el inicio de un tsunami que creo que ni siquiera hoy ha llegado del todo a tierra.

Reconozco también que la distancia no había mermado mi preocupación por ella, por ellos, pero sí mi puesta al día por fuentes directas. No la/los acompañé, como habría hecho años atrás, cuando todos éramos una comunidad bajo esas siglas V&V. Hubo un océano por medio, tal vez algún mal entendido y, sobre todo, un exceso de silencios que callaban reproches. Nada es comparable a la enfermad y mucho menos a un cáncer, nadie reacciona igual ante lo innegociable, pero convivir con la misma experiencia de forma tan dispar, cuando, además, en el caso de Rabudo, me porté de una forma mil veces más egoísta que en el de Viqueira, supongo que hace que vivas las cosas de otra manera.

Zona de confort

Lo escribía estos días. Es duro, muy duro, salir de la zona de confort, sobre todo tal y como están los tiempos y el sistema, pero también tengo que reconocer que es lo mejor que me ha pasado en la vida, de lo que más he aprendido y lo que me ha situado a años luz de mis vidas pasadas. Lo que explica la inadaptación, la incomprensión mutua, reconozco que hasta cierta altivez por mi parte; porque sobrevivir sin red te permite, un poco, mirar por encima del hombro a quien necesita apoyarse en el grupo para definir un criterio y una sentencia, para juzgar, en definitiva, en vez de preguntar, empatizar y tratar de entender.

Ese fatídico día de agosto me perdí camino del tanatorio, acabé en una gasolinera con un ataque de ansiedad porque estaba cansada, veía el indicador pero no conseguía encontrar dónde dar vuelta para situarme en el carril correcto. Eran ya casi las once y media, lloraba entre mi falta de aire, restaban pocos días para la luna llena y gracias a que esa estación de servicio aún es despachada por hombres, no por máquinas, conseguí calmarme y tomar la decisión correcta: seguir recto y llegar a casa, a Compostela.

Quizás fue una señal del destino, ya no tenía mucho sentido estar allí, esperar su llegada con los pies por delante cuando hacía más de una año que ni la veía ni le hablaba con los pies en el suelo. NI tenía sentido ni iba a ser bien recibida. Me lo demostró su camarilla al día siguiente, el día de los pésames sinceros y de los protocolarios. Y sentí lastima, incluso esa superioridad de la que hablaba antes. Ya no había nada en común, no nos separaba un oceano sino un universo, yo ya no era yo, para bien y para mal, mientras los demás eran un bucle anclado en el tiempo. Los vi de lejos y sólo crucé unos ojos en los que reconocerme o reconocer un dolor individual, no corporativo o dirigido.

Despedida

Mi loquera me recomendó escribir una carta de despedida, un post en el blog o algo simplemente de usar y tirar, un clínex terapéutico con el que resolver este capítulo. No fui capaz. Como no fui capaz de llorar porque el dolor era lejano, era nostálgico, era triste melancolía, No hería, no era punzante como lo sigue siendo el de Nacho, pese a que medido estrictamente en tiempo, en años, la relación que nos unía no era ni tan longeva ni tan cómplice. Pero así es la vida, un río que te acerca y te aleja de distintas orillas sin tú controlarlo, hasta ese “dar a la mar, que es el morir”, que diría el poeta que tocaba recitar en el instituto.

Creo que el post de hoy es esa carta pendiente, porque no hay dolor punzante pero sí sigue habiendo algo de infección, aunque esté feo. Hay mucho que agradecer pero también mucho que echar en cara, cuando más lo necesitaba, y ya no podré hacerlo. Y sé que de los muertos no debería hablarse así, no se les debería guardar rencor ni mucho menos hacer reproches, todo se les debería perdonar, sobre todo si han sido mayoritariamente buenos contigo, pero yo es lo que siento.

Hay, por tanto, herida, pero de una forma diferente a la de Rabudo… salvo con Vázquez. Porque siempre fue mediador en cualquier conflicto, porque siempre fue ecuánime, en lo profesional y en lo personal, porque siempre ha estado para los mejores consejos, porque me ha recibido a mi regreso, muerta en vida, porque su mirada, en la única foto que he visto hoy, lo dice todo.

Galicia, Brasil y las Estrellas

Porque un filósofo o pensador de estos que se retuitean tanto decía que no puedes ser buen profesional si no eres buena persona, por eso Hermida es el mejor y por eso merece este y todos los premios que le otorguen. Lástima que su otra mitad no esté aquí para celebrarlo, para beberse todas las Estrellas del firmamento y recordarnos una de sus muchas canciones favoritas mientras Vázquez, paciente, intenta que las carátulas vuelvan a sus CDs correspondientes.

Eligió Brasil para exiliarse de un país al que a la V le falta su doble. Un país del que volvieron con unos pies repletos de peces pequeños, dignos de estudio científico. Ahora lo entiendo, yo que también pisé esas mismas playas, descalza, y volví con los pies impolutos. Su caso, ciertamente, es único y tendrán que pasar muchas generaciones hasta que se dé la conjunción lunar o planetaria adecuada para que el periodismo y la amistad conozcan este tipo de ejemplares.

 

 

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Resort atlántico

Hoy he cenado un bocadillo de pan rosa y un farero no me ha quitado ojo. Hoy, además –por ayer- había luna llena, aunque como escribió alguien desde Donosti, la muy jodida no se ha dejado fotografiar. Es como el mar, para los que lo preferimos a la montaña, que ya te puedes cansar de disparar instantáneas que es imposible captar una imagen que haga justicia a su inmensidad.

Tenía un amigo, de esos que prefieren la montaña, que no daba pillado lo del “inmenso”, le parecía pura rutina: olitas vienen, olitas van, ahora la marea que sube, ahora que vuelve a bajar… Era incapaz de encontrar los matices; claro que ahora que lo pienso, lo de los matices era incapaz de encontarlos en casi nada, así que quizás no sea el mejor ejemplo para lo que nos ocupa.

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Me gusta el mar y me gusta el mío sobre todos los demás, al menos sobre los que conozco, porque el mío huele. Es puro oxígeno, tanto cuando te ahogas por el calor como cuando lo haces por las cirscunstancias: vestida de primavera, verano, otoño o invierno.

Además, cambia de color, sólo tienes que practicar algo de paciencia y ser capaz de mirar. De mirar y de imaginar, porque hemos interiorizado hasta tal punto los folletos tipo Punta Cana que no somos capaces de reconocer el mismo paraíso en nuestras propias transparencias, nuestros propios verdes o nuestros propios turquesas. Sí, vale, olvídense de hamacas alineadas -y alienadas también-, palmeras perfectas y bebidas de colores… ¿pero nos hacen falta?

Reivindiquemos el cutre chiringuito, los accesos casi sin asfaltar y hasta los caminos que te customizan las piernas con las silvas si optas por el  mini-short, no porque tengamos que asumir que así debe ser la idiosincrasia del País –pienso sobre todo en lo necesario de limpiar esos caminos por culpa de los incendios- pero sí como ejemplo extremo para demostrar lo que es o debería ser la preservación natural y el orgullo patrio frente al parque temático del todo incluído,  las pulseras identificativas -que no identitarias- y las tetas siliconadas.

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Con perspectiva

Ventajas de la periferia, quizás de las pocas que aún nos quedan. Que quizás es por eso, porque durante años nos han enseñado u obligado de forma inconsciente a reconocer que lo mejor siempre está fueraque lo nuestro aún lo mantenemos bastante a monte, sin preservar y sin valorizar tampoco.

Dicen que el nacionalismo se cura viajando; pero a mí, que por unas circunstancias u otras me ha tocado andar de aquí para allá desde el verano del 2013, tanto viaje de “altura” y de “oceáno a océano” me han dado la perspectiva contraria; y no sólo eso, sino que me han hecho comprobar que algunas realidades que hace tan sólo unos años me parecían sobredimensionadas sí existen ¡y en gente de mi generación! que, joder, otro tipo de cultura se supone que ya hemos tenido.

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Turismo accidental

Y no sé si ha sido precisamente por el aprendizaje acelerado de los últimos meses sobre lo que significa ser un “colonizado” –con lo que yo he renegado de esta palabra- o, simplemente, el hecho de que desde ese verano del 2013 no había disfrutado de un par de días seguidos a pie de playa, por lo que me ha dado por ahí: por el turismo nacional y por la exaltación del salitre y el mar. Tanto, tanto, que a falta de haber metido la toalla en la maleta, ni me ha importado eso del cuerpo a tierra, o a arena, en este caso. Porque hasta la arena mola.

Me jode un poco la playlist del garito, eso sí; pues atenúa el sonido de las olas, no me deja escuchar bien las conversaciones ajenas y  suena en bucle desde que he llegado muy a ritmo de los 80 y, sobre todo, a ritmo de No no, que el tiempo no te cambie, canción que me sitúa irremediablemente justo en el contexto que he venido a evitar; bueno, a evitar a medias, el de una campaña electoral.

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Sabores y olores

Cosas del atlántico, también, no del vicio; lo de tener que echar horas y cañas en el bar, que la niebla es como las olas, viene y va, y aunque también se está a gusto leyendo en alguno de los recoquevos que libera la bajamar, el postureo es el postureo y siempre luces más con tu camisa blanca remangada y a medio abrochar, tu sombrero Metier y tu vermut rojo dándole a la tecla que pasando las hojas a un libro que acabará lleno de arenas pero del que no habrás pasado de la primera página.

Vale, sí, también está la gaviota cabrona que te quiere birlar la tapa, pero no importa porque hoy voy a volver a cenar rosa. Eso sí, helado en vez de pan y un Magnum, no un Frigopié, que ya tenemos una edad. Así que emprendo camino de regreso al Dukess oliendo igual de bien que antes, o casi mejor, a brisas y brasas, las que tostaron los 100 gramos de buey de mi hamburguesa colorada. El farero ya empieza a guiñar de nuevo el ojo y, aunque soy negada para la geolocalización, me confirman que es Ons, a lo lejos quien guía estos días mis sueño(s) y mis pasos.

Continuará

 

 

 

 

Negreira es cool

Reedito esta entrada aunque no la recordaba así, tan vigente y, al mismo tiempo, tan lejana. Conste que creí que era mucho más explícita y que, por tanto iba a ser mucho más compleja la “adaptación” a la nueva circunstancia. Quién sabe. Quizás mi subconsciente, cuando la escribió, ya preveía un poco lo que vendría después. No en vano, fue ese día y en ese lugar donde se gestó, en cierta manera, la aventura transoceánica. El punto de inflexión de quién fui y de quien soy.

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Volví de aquella experiencia allende los mares ligera de equipaje. La economía de las emociones, que tan bien definió Julia, mi prima, mi lojafamilia. El que quiso estuvo y el que no, se quedó en el camino.

Hay quien nunca entenderá que “estar” no significa necesariamente una presencia física, un mensaje, una llamada. Hay muchas formas de hacerse notar, pero sólo hay una manera de decir: me bajo y esa es la de exigir y la de juzgar.

Quien sí hizo el trayecto completo, el de ida y vuelta, fue Beatriz Herraez, el corazón de Casa Suárez, pese a que nuestra única relación venía nada más o nada menos de ser la anfitriona perfecta de mi entrada en los 40; eso sí, gracias también a la teoría de los seis grados de separación y a uno de los productores del evento.

Una vasca lista, cool y guapa que con profesionalidad y un gallego perfecto consiguió metérmela doblada mientras subía, inocente y cabreada, al comedor donde, escondidos, me esperaban buenos amigos y otros que hoy son fantasmas.

Recuerdo su complicidad, su sonrisa y su outfit, lo que sumado a todos los detalles del local ya me hicieron presagiar que aquello iba a ser el comienzo de una gran amistad, de hecho, a unas semanas del embarque, volvimos a aquel jardín, a aquellas anchoas, a aquel buen hacer para llevarme el mejor sabor de boca al otro lado del charco.

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Casa Suárez era un poco como las bicicletas, para el verano o para cuando comienza y termina esa estación tan preciada como escasa. Para poder disfrutarla en todo su esplendor, dentro y fuera, como si estuvieses en tu casa, los que tenéis aldea, vaya.

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Hoy, lejos de todo el glamour que rodeó a aquel día, mientras aún tengo el albal del tinte en la cabeza, leo que cierran sus puertas. Se me agolpan los recuerdos. Me crujen las tripas porque, además, no he comido, y la chica que me hace la manicura me pregunta si siempre soy tan nerviosa porque es incapaz de que relaje mi mano para poder extender con precisión el exfoliante.

Los amantes de la restauración y los que tuvisteis la suerte de disfrutarla, como yo, estaréis conmigo en que no sólo era un lugar, “eso es lo que queríamos transmitir”, me cuenta Bea, y por eso echan el cierre algo más felices, con la satisfacción de haberlo conseguido.

Nunca me he fijado en si es piscis, y eso que le he felicitado el cumpleaños. Da lo mismo, es igualmente una mente inquieta, como yo; así que me consta que, en breve, nos sorprenderá con otra gran propuesta. Mientras, me quedo con sus reflexiones sobre el ayer y el hoy:

“A vida é iso, como unha viaxe con paradas, subidas e baixadas. Compartendo tramos. E ás veces hai viaxeiros que suben e baixan, outros están no vagón case dende o principio e logo están os que só van de apeadero en apeadero. Nosoutras atopáremonos en breve na próxima parada :)”

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HACE DOS AÑOS

piruletas cumpre

Me gusta eso de empezar la casa por el tejado, supongo que es una cuestión de prioridades, pero entre mojarte y que se te rice el pelo o mantenerte en pie gracias a unos buenos cimientos yo me quedo con lo primero 😉

Además, son tiempos de deshaucios así que iba a dar igual el tipo de construcción que eligiera, más pronto que tarde el banco me empujaría por las escaleras.

Cosas de ser parada de larga duración y de serlo, además, a los 40.

Ese punto de intersección entre conjuntos vacíos -a mí, que nunca me han gustado las matemáticas- desde el que tienes que despejar incógnitas. Difícil ecuación, ni eres demasiado joven para una beca ni demasiado mayor para un mínimo de subsistencia.

 

Hay quien opina que son unos años con “muy mala prensa porque tienen la ventaja de que desaparece el acné”,  pero aparecen las arrugas, obvió añadir el autor. En lo que igual sí lleva razón es que esto de su mala fama es cosa del cine. Lo que, la verdad, me tranquiliza porque ya me daba también por deshauciada, maritalmente deshauciada. Que no es que me quiera casar, ¡quietos todos!, pero sí, siempre soñé con vestir un traje de novia y, según Vogue y Carrie Bradshaw, los 40 es la última edad en la que puedes dar el pego de blanco y organza.

Lo pienso y Sex in the City, mal que me pese, es de esas películas que tendré que  incluir como respuesta a uno de los cuestionarios Proust que complete cuando ya sea celebrity, porque buena parte de mi historia sentimental en estos 40 años está secuenciada por cada estreno.

¿Celebrity o sólo Celeb?, preguntaréis; pero a unos días de que  llevemos tan sólo un mes de relación en las redes y estrenando los 40 que llevabais esperándome :), la respuesta  es obvia, ¿no?, entre otras cosas porque Anne Merkel…

!!!ya tiene taza propia!!!

taza anne

(Esta entrada y sin que sirva de precedente tiene un agradecimiento, a los organizadores e invitados a Negreira es cool, y una recomendación, que en lo de la restauración también hay tendencias, Casa Suárez, lo bien que lo pasamos, lo bien que comimos, lo …. que bebimos y lo que lucen sus camelias en mi piso)