Entre libros perdidos, no escritos y el Marca

Gracias por no leer

Tranquilos, que no lo digo por él, con él solo ejemplifico lo mucho que va a dar de sí la Ley Wert, su resultado entre la gente más pragmáticamente formada porque habrá un nuevo criterio para la diferenciación de clases sociales, la gente sin acceso a la Universidad que, sin embargo, sí leerá y el retorno de los jóvenes sobradamente preparados (los Jasp), que tendrán en el As o el Marca su máximo referente literario.

Dicen que un pueblo “que no lee está condenado a la extinción”, está claro que el pueblo siempre llevamos las de perder porque no es Rajoy el primer gobernante que conozco que libros… sólo con dibujos y, sin embargo, ellos siguen estando arriba y nosotros, abajo.

Doy las Gracias por no leer porque no me gustan los Días De, ni la organización de firmas de autores, tampoco la perversión de que Belén Esteban o El mundo de Lovely Pepa (Hércules Ediciones) entren en tocamientos con Rayela y mucho menos aún el mundo de la declamación o recitado de y sobre uno mismo.

Sé que no son tradiciones que definan necesariamente el Día del Libro pero sí sus jornadas posteriores porque el 23 de Abril es el pistoletazo de salida de sus Ferias -como Mayo o Junio el de los festivales- y con los toldos, casetas y barracas sí que no puedo. Además, nunca sé muy bien qué ponerme, aunque mi fondo de armario aún conserve una camisa de papel y letras.

Conste que me encantan las iniciativas de sacar el arte a la calle, incluida la literatura, pero con anarquía y sin imposturas porque si de lo que se trata es de escaparates, yo prefiero seguir visitando individual y anónimamente las cada vez más escasas librerías que quedan. Reconozco, eso sí, que tal y como está el Iva, lo de los descuentos en feria siempre es un aliciente.

Soy obsesivo compulsiva con casi todo menos con los libros, que conviven como pueden entre las estanterías y el suelo, aparentemente sin orden ni concierto, que así nunca encuentras lo que buscas pero siempre te sorprendes: Con una obra que aún no has devuelto, con una dedicatoria de exaltación de la amistad, con una tarjeta de embarque, con restos de sal y arena… Porque los libros, una vez leídos, cobran su propia vida, más allá de la historia que te hayan contado.

Bueno, vale, lo reconozo, lo del supuesto desorden también tiene que ver con una cuestión estético-bohemia 😉

(Shakespeare and Company, París)

Huyo de las Ferias como lo hago de Bobalia, como paso poco tiempo en la sección de Novedades y como invierto la mayoría de los ahorros en toda clase de libros perdidos “los que te permiten abrazar otras lecturas, más reposadas pero también impetuosas, de obras menos habituales en la agenda periodística” (Zambra, Alejandro: No leer).

Libros perdidos o no leídos, a los que llegas sin apenas referencias, por un titular, una palabra, una frase, un párrafo, una portada que clama a gritos aquello de Rodolfo Langostino: “Llevame a casa”.

Así conocí a Dubravka Ugresic y su Gracias por no leer (Editorial La Fábrica), que ya sabéis lo que me gusta la gente que lleva la contraria, y así compré un libro rosa y verde: Nunca llores con los labios pintados. Prometo que no lo hice por la combinación de colores sino porque la lágrimas no se asociaban al rimmel sino al carmín. Reconozco, también debo decirlo, que superó la peor de las expectativas, de hecho creo que su destino fue el trastero, pero siempre recordaré una conversación con la escritora Anxos Sumai en una isla verde asegurándome que no era necesario acabar una obra para declararla como buena, a veces llegaba con un capítulo, un párrafo o una metáfora para que acabe formando parte de tu bibliografía.

Y luego están los Libros no Escritos… y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra 😉

(Diarios de mi padre, ya fallecido, en su primer año embarcado)

Estas últimas jornadas han sido días de hablar sobre “Tu primera vez”, yo evité pronunciarme no por un exceso de pudor a la hora de hablar de mis experiencias íntimas sino porque antes de García Márquez me desvirgué con Flaubert -sí, qué pasa, siempre me han gustado los hombres mayores-; del escritor francés pasé a los brazos de Cervantes, bueno, a uno de ellos, que ya se sabe lo de que era manco; me entregué sin dejar pasar mucho duelo a Scott Fitzgerald y finalmente tuve mi primera y única experiencia lésbica y de orgía con Sylvia Beach y la Generación Perdida  (Noel Riley Fitch, editorial Lumen).

Ella fue mi referente en mi primera ensoñación profesional, la de regentar una floristelibrería con cabida también para la edición.

Llegué por fin a Cien Años de Soledad recién acababa de tener mi primera regla. Fue un 13 de Mayo, la Virgen María bajaba de los cielos y había pastores, secretos y cuevas.

No, no soy tan soberbia ni tan osada para intentar emular al escritor colombiano pero así de realista y de mágica ha sido mi historia literaria. ¿Será tal vez uno de esos libros que aún no tiene quién lo escriba? 😉

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