Taxistas, leñadores, libreros y periodistas

Estoy tomando una caña en una cervecería cualquiera de Madrid y tan sólo el hilo musical, creo que Malú, me recuerda que es día 22, que estamos en el mes de febrero y que en unas semanas cumpliré 42 años.

Desde el viernes, sin embargo, no puedo dejar de tararear: Volver a los 17, de Violeta Parra, porque como le confesé una vez a un buen amigo: Soy como los cangrejos, voy para atrás, que no es sinónimo de involucionar, pero sí de vivir a destiempo.

atlantico pacifico

Familia lojana

No fue hasta hace dos años cuando me enrolé en lo más parecido a una experiencia Erasmus propia de los últimos años de carrera, pero con pasta. No ha sido, tampoco, hasta esta década cuando conseguí liberarme del sambenito de pequeño burguesa y demostrar que puedo alternar mochila y samsonite sin el menor  reparo. Nunca, hasta el periplo atlántico-pacifico, había dormido en un hostel, como parte de este fin de semana, en habitación compartida con otras cinco chicas, con las que también he coincidido en el baño. Lástima que les sacara 20 años porque me olvidé la hidratante en casa y ellas aún luchan contra el acné y yo contra la arruga.

Fuerza de la gravedad

Reconozco que no pude evitar fijarme en el culo de una de ellas mientras se desvestía para enfundarse en la ropa de domingo, la de “quemar” Madrid. Qué puta, me dije, pues sí que existe la fuerza de la gravedad. En cuanto me levanté y me fui a duchar, tuve que observar el mío y me llevé una grata sorpresa. Nada que envidiar, al final va a ser verdad que estoy estupenda, por lo menos vista de espaldas 🙂 Yo, que siempre he sido de camisetas largas, de puro complejo, y resulta que siempre he tenido y aún tengo algo que explotar.

Con la autoestima un poco más alta, aunque sea por una frivolidad, lo cierto es que todo se hace un poco más llevadero. Todo se relativiza, incluso un debate, durante el curso de Comunicación Digital en las ONGs, sobre el futuro de la profesión; de la nuestra y de la de leñador. ¿Ah, que pensabais que lo del título era un gancho o una coña? Pues no, es un dato real, estadístico. Desconozco, eso sí, hasta dónde llega su fiabilidad pero el caso es que existen estudios que demuestran que los segundos profesionales más perjudicados por la crisis del papel han sido los leñadores.

Debe ser por eso lo de la insistente moda de las camisas de cuadros, porque hay excedente.  Personalmente, no conozco a ningún afectado que me lo confirme. Sí conozco a un buen número de periodistas que ratifican con su propia experiencia el mal de nuestro oficio, aunque no sólo por la crisis del papel. Hoy, de hecho, he desayunado con uno de ellos. Una de esas firmas de aquel gran periódico que fue un día, referente para todos los de mi generación, que un buen día también eligió el negocio frente a la profesión y se deshizo de la mayor parte del capital humano al que le debe haber llegado a ser lo que fue.

Leñador

¡A cuadros!

Náufragos

Nunca he sido mitómana, no al menos públicamente, pero sí es verdad que las letras siempre me han salvado de todos “mis naufragios”, las informativas y las noveladas; por eso me siento tan privilegiada, porque una de esas firmas -que hoy “novela” más que “informa”- me haya cedido parte de su tiempo para, entre cafés y aguas con y sin gas, exorcizar el “fin del mundo” y enarbolar la bandera del “coraje”.

Gracias a él conocí el dato de los taxistas, otro trabajo en peligro de extinción, aunque reconozco que ahí me pudo el prejuicio colectivo contra ese sector y no traté de ir más allá en el debate; mea culpa, pero ya se sabe, aquello de que siempre pagan justos por pecadores y es que el mundo taxi…

Librerías y medios de comunicación

Queríamos desayunar en La Buena Vida, la de Vergara 5, pero a esas horas aún estaba cerrada. Un Coffe @ Book Shop, es decir, una rara avis que logra sobrevivir, ellos sí, al envite del papel, a la irrupción de internet, al descenso del consumo y a unos impuestos que penalizan todavía más dicho consumo.  Cada vez que cierra una librería deberíamos de decir lo mismo que cada vez que cierra un medio de comunicación: pierde la democracia, pierde la libertad de expresión, pierde la creación.

Dije que nunca había sido mitómana, pero desde pequeña tengo claro un referente de quien me habría gustado ser, Sylvia Beach. Es una pista de lo que más me gusta de las librerías, que tengan libreros o libreras, y no, no es una perogrullada. Pasa como con en el periodismo, no estamos hablando de negocio, en el sentido más puramente mercantil, ni siquiera de producto, sino de conocimiento y para eso hace falta algo más que un comercial y una caja registradora.

Tanto por aprender

Estiramos los cafés y agotamos las aguas, pero alguna de las ventajas de no estar ya sometido a jefes y horarios es poder adquirir otros compromisos, mucho más gratificantes que el de una orden sobre la que discrepas; así que quedamos emplazados para comer en una próxima visita porque son muchas las crisis y ninguno de los dos parcos en palabras, precisamente. Supongo que es lo que nos queda de la profesión, de la vocación de contar y, en mis caso concreto, de las ansias de curiosear y aprender de quien sabe más que tú.

Desando el camino para pillar mi metro en Ópera y veo que La Buena Vida ya está abierta, así que no me puedo resistir a entrar. Leo los títulos, huelo las páginas, reviso las ediciones… y pongo la oreja ante las conversaciones ajenas, de librero a lector. La felicidad tiene que ser algo parecido a esto. En mi selección, una rareza: Mine-Haha o de la educación física de las niñas, Frank Wedeking, Alpha Decay; un libro bonito:  Una biografía : Gainsbourg. Elefantes Rosas, Felipe Cabrerizo, Expediciones Polares y una curiosidad, Apuntes sobre el suicidio, Simon Crithley, Alpha Decay.

Nadie me ha hablado de ellos pero sé que ninguno va a defraudar, como no lo hizo el libro ni la conversación terapéutica; porque ahora sé que podría haber sido Sylvia Beach, que tengo un sexto sentido para esto. Lo tenía, al menos, cuando me debatía hace ya bastantes años entre ser la editora francesa o una intrépida corresponsal de guerra ¿Será también por eso que estos cuatro días han sido días de no vivir realmente en mi edad?

 

 

 

 

 

 

 

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Entre libros perdidos, no escritos y el Marca

Gracias por no leer

Tranquilos, que no lo digo por él, con él solo ejemplifico lo mucho que va a dar de sí la Ley Wert, su resultado entre la gente más pragmáticamente formada porque habrá un nuevo criterio para la diferenciación de clases sociales, la gente sin acceso a la Universidad que, sin embargo, sí leerá y el retorno de los jóvenes sobradamente preparados (los Jasp), que tendrán en el As o el Marca su máximo referente literario.

Dicen que un pueblo “que no lee está condenado a la extinción”, está claro que el pueblo siempre llevamos las de perder porque no es Rajoy el primer gobernante que conozco que libros… sólo con dibujos y, sin embargo, ellos siguen estando arriba y nosotros, abajo.

Doy las Gracias por no leer porque no me gustan los Días De, ni la organización de firmas de autores, tampoco la perversión de que Belén Esteban o El mundo de Lovely Pepa (Hércules Ediciones) entren en tocamientos con Rayela y mucho menos aún el mundo de la declamación o recitado de y sobre uno mismo.

Sé que no son tradiciones que definan necesariamente el Día del Libro pero sí sus jornadas posteriores porque el 23 de Abril es el pistoletazo de salida de sus Ferias -como Mayo o Junio el de los festivales- y con los toldos, casetas y barracas sí que no puedo. Además, nunca sé muy bien qué ponerme, aunque mi fondo de armario aún conserve una camisa de papel y letras.

Conste que me encantan las iniciativas de sacar el arte a la calle, incluida la literatura, pero con anarquía y sin imposturas porque si de lo que se trata es de escaparates, yo prefiero seguir visitando individual y anónimamente las cada vez más escasas librerías que quedan. Reconozco, eso sí, que tal y como está el Iva, lo de los descuentos en feria siempre es un aliciente.

Soy obsesivo compulsiva con casi todo menos con los libros, que conviven como pueden entre las estanterías y el suelo, aparentemente sin orden ni concierto, que así nunca encuentras lo que buscas pero siempre te sorprendes: Con una obra que aún no has devuelto, con una dedicatoria de exaltación de la amistad, con una tarjeta de embarque, con restos de sal y arena… Porque los libros, una vez leídos, cobran su propia vida, más allá de la historia que te hayan contado.

Bueno, vale, lo reconozo, lo del supuesto desorden también tiene que ver con una cuestión estético-bohemia 😉

(Shakespeare and Company, París)

Huyo de las Ferias como lo hago de Bobalia, como paso poco tiempo en la sección de Novedades y como invierto la mayoría de los ahorros en toda clase de libros perdidos “los que te permiten abrazar otras lecturas, más reposadas pero también impetuosas, de obras menos habituales en la agenda periodística” (Zambra, Alejandro: No leer).

Libros perdidos o no leídos, a los que llegas sin apenas referencias, por un titular, una palabra, una frase, un párrafo, una portada que clama a gritos aquello de Rodolfo Langostino: “Llevame a casa”.

Así conocí a Dubravka Ugresic y su Gracias por no leer (Editorial La Fábrica), que ya sabéis lo que me gusta la gente que lleva la contraria, y así compré un libro rosa y verde: Nunca llores con los labios pintados. Prometo que no lo hice por la combinación de colores sino porque la lágrimas no se asociaban al rimmel sino al carmín. Reconozco, también debo decirlo, que superó la peor de las expectativas, de hecho creo que su destino fue el trastero, pero siempre recordaré una conversación con la escritora Anxos Sumai en una isla verde asegurándome que no era necesario acabar una obra para declararla como buena, a veces llegaba con un capítulo, un párrafo o una metáfora para que acabe formando parte de tu bibliografía.

Y luego están los Libros no Escritos… y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra 😉

(Diarios de mi padre, ya fallecido, en su primer año embarcado)

Estas últimas jornadas han sido días de hablar sobre “Tu primera vez”, yo evité pronunciarme no por un exceso de pudor a la hora de hablar de mis experiencias íntimas sino porque antes de García Márquez me desvirgué con Flaubert -sí, qué pasa, siempre me han gustado los hombres mayores-; del escritor francés pasé a los brazos de Cervantes, bueno, a uno de ellos, que ya se sabe lo de que era manco; me entregué sin dejar pasar mucho duelo a Scott Fitzgerald y finalmente tuve mi primera y única experiencia lésbica y de orgía con Sylvia Beach y la Generación Perdida  (Noel Riley Fitch, editorial Lumen).

Ella fue mi referente en mi primera ensoñación profesional, la de regentar una floristelibrería con cabida también para la edición.

Llegué por fin a Cien Años de Soledad recién acababa de tener mi primera regla. Fue un 13 de Mayo, la Virgen María bajaba de los cielos y había pastores, secretos y cuevas.

No, no soy tan soberbia ni tan osada para intentar emular al escritor colombiano pero así de realista y de mágica ha sido mi historia literaria. ¿Será tal vez uno de esos libros que aún no tiene quién lo escriba? 😉