Ecuador

paisaje-quito

Quito

Vengo pintando desde  hace tres  o cinco mil años, más o menos.

Mi  pintura es de dos mundos.

De piel para adentro  es un grito

contra el racismo y la pobreza;

de piel para afuera es la síntesis

del tiempo que me ha tocado vivir.

Mi pintura es para herir, para

arañar y golpear en el corazón

de la gente . Para mostrar  lo que el hombre

es capaz de hacer contra el hombre (…)

Mientras haya gente  que aprenda a matar

existirán las víctimas.

En la historia de los tiempos tiene que alborear el día

en el que el soldado no tenga razón de ser.

Oswaldo Guayasamín (1919-1999)

Pintor, dibujante, escultor, grafista  y muralista ecuatoriano

————————————–

Tal día como hoy, hace un año, estaba en Quito a punto de emprender mi regreso a España, después de una experiencia que poco o nada tuvo que ver con lo que yo me había imaginado. Aprovechaba los últimos días antes de mi vuelo para intentar llevarme una imagen diferente de la ciudad, del país; una imagen apenas contaminada por la sensación de dolor, frustración y fracaso que me traerían de vuelta a “casa”,  a un lugar que tampoco me esperaba.

Sería imperdonable hacer ese viaje de vuelta sin antes haber visitado la Capilla del Hombre, sin haberme sumergido en la inmensidad de una obra que consigue con creces lo que quiere; porque son cuadros con vida propia que, efectivamente, “arañan”, “golpean”, “duelen”. Es la historia de Ecuador y de toda América Latina, aunque muchas veces me oigáis decir que Los Andes no son América.

Hoy, un año después, gana la perspectiva; por una vez compruebo, antes de que sea demasiado tarde, eso de que la vida pone a cada uno o a cada historia en su lugar y me reconcilio en cierto sentido con el centro del mundo. Le hago hueco en el lado de la memoria que no hiere, le perdono o me perdono a mí misma, ¿quién sabe?

Hoy, que la Pachamama les ha dado un toque de atención de una intensidad que ni a mí ni a mis queridos y salvadores aventureros nos ha tocado vivir, vuelvo a Quito, vuelvo a Loja, a Vilcabamba, Playa Rosada, Cuenca… e incluso rescato de una caja que hasta el momento me he negado a abrir una piedra del Nangaritza. La rescato y la coloco en una estantería, está algo ahumada del fuego con el que celebramos estar vivos, está algo mojada de lluvia de selva, de esos chaparrones que nada tienen que ver con los de nuestras borrascas, pero que también hacen crecer los ríos. Sólo que los ríos, allí, se llaman Amazonas, nadie los reta, salvo la inconsciencia. Los dioses, sin embargo, estuvieron de nuestro lado, y los jíbaros, en vez de aprovechar y vengarse por los pecados de nuestros antepasados, decidieron más que generosamente impedir que me llevara la corriente.

Hoy, ahora, escribo esperando la confirmación de que la gente que aún me queda allí y que todavía no se ha manifestado, esté bien y observando, en paz, la piedra que siempre me recordará lo frágil que es la vida.

Mariela Condo, mujer, índigena y cantora ecuatoriana

 

 

 

 

 

 

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