Personal e intrasferible

No estuve ni seguí la noche de los Óscar, lo que no significa que mi domingo pasado no haya sido un domingo Celeb.

Sí, Celebrity o Celeb, que se me ocurre que en vez de ser sinónimos quizás es una buena forma de clasificar y subclasificar a quien de verdad se merece el apodo de estrella y quien, sencillamente, se lo busca.

Porque a pesar del verbo To Be, no es lo mismo ser que estar y una verdadera Celebrity conjuga a la perfección ambos verbos.

dolce vita sepia

No recuerdo muy bien cómo deberíamos de llamar a los protagonistas de La Dolce Vita, si con el nombre completo o con la versión abreviada de celebridad, sólo sé que a  Nacho Mirás, la verdad,  lo veo más de  Rubini que de  Sylvia y no sólo porque sea calvo.

Pero el prisma con el que miramos la vida varía y hay noches en las que te vistes unas frívolas cocoteras y, de repente, mañanas en las que despiertas y te quedas totalmente en pelotas.

A nosotros, a los de la foto, se nos cayó toda la ropa -sí, ya sé que llevábamos poca- un mediodía como el de la imagen pero pasados diez años, cuando Casiano se manifestó con toda su dureza. A la vista está, éramos más jóvenes, más guapos y más delgados, así que nadie pensaba en lo necesario que era abrigarse; esos estilismos a modo cebolla, que te puedes ir quitando capas pero sabes que siempre vas a estar a salvo del resfriado.

De hecho, si hace diez años hubiéramos tenido que apostar sobre quién de los presentes tenía más boletos para enfermar, esa era yo, que para eso eché por tierra -bonito eufemismo de vomitar- lo mejor de la cena.

Nunca fui de muy buen comer y aquella noche solo quería bailar, aquella noche, este retrato, siempre me recordó a mi escena favorita de la película -y no, no es la de Trevi, que sobre fontanas prefiero el  riégueme de Carmen Maura- sino una de tantas fiestas, aquella en la que el humo y las drogas solo insinuadas se adivinaban a ritmo de un mambo sutil. 

Eran tiempos de Carpe Diem, a los que siguieron mis pedradas en la cabeza, más de una epifanía, algún cambio de estación y, finalmente, el taladro en el cráneo, que a algunos ya les vale, a lo que tienen que recurrir para conseguir audiencia 😉

Muchos en la misma situación habrían apostado por cambiar de sintonía, por elegir una más pesimista, pero del mismo modo que Mastroianni iba a por una exclusiva y acabó loco de amor, Rabudo le dio la vuelta a lo suyo y esta vez fue él el que vomitó.

Sus Memorias sanitarias han sido su primperán y también el nuestro, la medicina que le ha hecho recuperar ese grito de guerra de  Walt Whitman y nos ha vuelto, a los demás, más egoístas porque le invadimos, le exigimos, le reclamamos que siga escupiendo todo aquello que sus cirujanos depositaron hace apenas unos meses en una palangana.

Entre sus lectores, imagino, y también entre sus amigos, confirmo, hay la empatía que comporta la identificación, porque siendo mucho más fácil y, desde luego, mucho menos arriesgado, ver los toros desde la barrera también existe el paciente pasivo. Ese al que también le duele pero sin síntomas, ese que también vomita sin radiación, ese que tiene miedo aunque irónicamente ver la luz aún no es una hipótesis para él. El único, eso sí, que no tiene ningún derecho a pedir ni a rendirse.

la luna y venus

Rabudo nos dio, nos dá unas memorias de muerte -tranquilo, que es una licencia literaria, ya hemos comprobado que lo de la Conjunción de la luna en Venus o de Venus con la luna es prueba superada ;)- en las que solo hay vida, diagnósticos sin eufemismos, dolor sin heridas, hostias sin curas ni derrotas… y lo más importante, capacidad para reírnos, también de nosotros mismos.

Cuando mi madre preguntó ya en Paliativos si necesitaría llevar calcetines para subir al cielo, confirmé lo que tanta gente decía de ella, que era una santa -a la par que ingenua- pero nunca pensé en la figura de la Celebrity oncológica, quizás porque ella ya no llegó a tiempo. Hoy soy afortunada, aunque quizás solo los hombres radiactivos lo entiendan -que después dicen que el titanio no les ha dado superpoderes- porque pude compartir su Casiano y eso ha sido lo mejor y lo peor que me ha pasado en la vida.

Robocop

Hoy puedo vomitarlo porque ahí está la pluma terapéutica de Nacho para seguir narrando y confirmando que escupir, a veces, es justo y necesario; hacerlo con puntería, simple aprendizaje de vida. Porque yo, como tú, como tantos, tampoco soy la de ayer… Oh capitán mi capitán, ¿nos marcamos un agarrao? 😉

 

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