Nigeria y el cinamomo

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Acabo de poner una lavadora con la blusa-vestido blanca con la que hice mi más reciente excursión a Manderley. Sí, lo sé, sólo a mí se me ocurre entrar de tal guisa en más de un siglo de historia, con puertas clausuradas desde hace más de una década. Pero ya me conocéis, me puede la estética. Además, casi un año compartiendo supervivencia al otro lado del charco con una mayoría de eco-biólogos me ha reconciliado con la especie animal, arácnidos incluídos. Es más, ahora me arrepiento de no haber sido más disciplinada para tomar notas de todo lo que aprendí porque, por ejemplo, ¿sabíais que la tela de araña se utilizó en la segunda -o primera- guerra mundial como gasas para los enfermos?

El caso es que quizás por eso o porque tuve mi propia experiencia práctica duchándome con una tarántula instalada en mi cortina de baño, no me importó lo más mínimo volver de la expedición -a Mandarley no al otro lado del océano- con el vestido plagado de “heridas” y el culo cagado. Metafórica y literalmente, casi. La aparición de un “nuevo tesoro”, de una nueva “cápsula del tiempo” que es racionalmente imposible que estuviera allí, tan a mi vista, abierta sobre una silla, me obligó a sentarme sobre el polvo de una cama que mis padres hace demasiado tiempo que ya no comparten.

Nigeria

Ocurrió algo parecido con el diario de navegación y su última postal, se aproximaba el día del libro, y ahora, un par de años después, la historia se repite. A mí, que me gusta mucho eso de creer en las señales, sólo me cabe pensar que alguien desde el más allá lo puso allí para mí. Quizás por dos motivos, para recordarme, insistirme en que, como ya escribí en aquel momento, también hay libros pendientes, que algún día merecerán un 23 de abril, y como símbolo de resistencia. Insumisión a la ruina, al abandono, a la venta si el ladrillo se reconstruye. Es mi hogar, es mi espacio, son mis fantasmas. Los he odiado, he imaginado su destrucción, hasta el estilismo con el que conduciría la grúa que pondría fin a generaciones de dolor, tristeza, envidias, decadencia… pero, de repente, un día aparece una carpeta; años después, una caja de lata de gallegas... con esta carta y con mucha información sobre lo que ocurrió en Nigeria.

Yo acababa de cumplir cuatro años cuando África apareció en mi vida, así que tardé un poco en ubicar el país de mis inquietudes, de mi sensación de cuenta pendiente. Teníamos comida familiar, porque la familia también es la que se escoge, y el vestido incluye unas manchas de vino tinto que van a ser más difíciles de limpiar que las de la memoria. Los recuerdos nos llevaron también a las gardenias, el muguet y el cinamomo. Las gardenias permanecen; el muguet, para mí, siempre olió a ropa a clareo pero el cinamomo… el cinamomo es un olor emocional, un cóctel imposible de describir, que nunca he sentido, además, lejos de Manderley.

Y que hecho de menos. Lo hecho tanto de menos como necesito, de más, ese viaje a África. Por eso hoy mi lectura escogida es esta carta, porque necesito testigos, necesito ojos que miren como los míos, vean lo que yo veo y me digan: Rebeca, coge el billete y vuela.

Escribo con un pijama blanco. Ultimo el collage de un mapa de países y deseos para la cabecera de mi cama. Le doy vueltas al armario, aún no sé cuántas horas son de vuelo, pero pisaré tierras de Lagos con un vestido... blanco. Mas cuando regrese, creo que no lo meteré en la lavadora, lo guardaré cuidadosamente en la caja de galletas porque su suciedad será también parte de mi historia.

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