Se está acercando un día de abril

Levantarse y caer. Marcharse y regresar. Callarse y volver a hablar. La vida, en definitiva. Por eso este blog está tan lleno de ausencias… y de reencuentros. Porque como en el tango, el viajero que huye/tarde o temprano/ detiene su andar/ guarda escondida/ una esperanza humilde/ que es toda la fortuna/ de su corazón.

Me he puesto más arrabalera y sentimental que punki, pero las circunstancias obligan. Ha sido un tiempo, de nuevo, difícil para la tecla y la disciplina, pero no hay mal que por bien no venga ni mal que cien años dure, así que la nave vuelve a  su órbita. Cada quince días en un satélite llamado @LasRepúblicas, al que le debo agradecimiento infinito por lo evidente, pero, sobre todo, por haber llamado a mi puerta con mi palabra escrita como único aval. Cada los otros quince días, espero, en este mi espacio, en este Planeta Saturno que nació como tabla de salvación y que tanto me ha aportado a pesar de sus intermitencias. 

Aunque el relanzamiento se ha producido hace ya varios artículos, creo que Se está acercando un día de abril marca un punto de inflexión. Como me decía una buena amiga hace unos días, cuando un texto está escrito sobre la experiencia vivida, a huevos es un buen texto. Y en mis pinzas de colores libertarios, en aquella terraza de atarcederes de soledad y exilio, hay mucho no, TODO de eso, de jodida vida. Es un texto, a la vez, escrito para una fecha de valores que no pueden prescribir, aunque muchos intenten lo contrario. Es un regreso en el momento oportuno desde el lugar justo. Con carátula nueva, de visión pixelada porque es inmensa, universal, imparable…

Hoy, 14 de Abril, aterrizo de nuevo en las pantallas de los que así lo decidan. A algunos les leen y otras escribimos. No siempre soy capaz de que me parezca justo, lo reconozco, pero todos los días doy grazas porque estar del lado de los que escriben es un regalo y un privilegio.

 

 


 

Se está acercando un día de abril

He pintado como si gritara desesperadamente, y mi grito se ha sumado a todos los gritos que expresan la humillación, la angustia del tiempo que nos ha tocado vivir. Con la esperanza de llegar un día a construir un mundo en el que las culturas trabajadas por los pueblos ―como el alfarero hace su cántaro― sean cuidadas como el campesino cuida con amor la tierra y su semilla.

Sí, soy una inculta. Descubrí a Oswaldo Guayasamín hace tan sólo unos 5 años, pero a mi favor he de decir que lo conocí de la mejor manera posible, visitándolo en su propia casa. El tiempo que nos ha tocado vivir –a nosotros y a nosotras también– me obligaron a cruzar el charco allá por el 2014 en respuesta a una oportunidad laboral que aquí se me negaba. Las cosas no es que hayan mejorado mucho desde entonces, pero el caso es que, de nuevo en España, superado el descoloque inicial del regreso –de no sentirte de ninguna parte- ya soy capaz de permitirme ciertos reencuentros. Y puedo hacerlo, además, con perspectiva; desde ese lugar donde el dolor que supuso el desarraigo dio paso al aprendizaje y a la nostalgia.

Como soy entre zen y supersticiosa, creo mucho en eso de que las cosas pasan por algo y es precisamente por eso por lo que estoy tan segura de que no puede ser puta casualidad descubrir estos días que una selección de cuadros del pintor ecuatoriano va a lucir en breve en las paredes de un museo de mi barrio. Fue leer la noticia y teletransportarme de inmediato a una terraza de colores a 10.000 km y 12 horas de avión de aquí. sus colores: los amarillos, fuego, tierra, ocres con los que el maestro quiso “herir, arañar y golpear el corazón de la gente”. Los colores, ese lenguaje en el que apenas reparamos y que, sin embargo, puede llegar a decir tanto que hasta molesta.

pinzas republica

En mi terraza ondeaban por bandera pinzas de la ropa. Pero ni la roja ni la amarilla se debatían en duelo entre ellas ni la de color lila dejaba de acompañarlas. Así fue, antaño, en este estado; así era, durante el “exilio” en mi patio; y así debería de ser, siempre y en todo lugar. En aquellos atardeceres, los colores y la Latinoamérica de Guayasamín. En aquellas paredes, versos de igualdad y sin fronteras:

“La voz de mi corazón
es un canto de cigarra
del coro de tantos pueblos
que viven sin esperanza.

La voz de mi corazón/ canta para que mañana/España vuelva a ondear/ Bandera Republicana

Las cosas pasan por algo, insisto, así que tampoco es casual que mientras apuntaba en la agenda la inauguración de la expo del maestro quiteño, en el Facebook un buen amigo estuviese retransmitiendo, desde un pub de Bueu, mi particular mural sobre repúblicas y mariposas.

Regresé, sí, un mes de abril. Un abril igualmente electoral, el abril de los ayuntamientos del cambio. Quizás, incluso, llegué un día 14 o un día 25, pero en aquel momento ni cuenta me di de la efeméride, era mayor el duelo personal que la responsabilidad colectiva. Me fui, por cierto, el año en el que abdicó Juan Carlos I y en el que Portugal dio por finalizado oficialmente el rescate, al recibir el último tramo de ayudas de Bruselas y la consiguiente marcha definitiva de los inspectores de la Troika. España sigue siendo una monarquía. Portugal volvió a ser dueña de sus propias decisiones y supo aprovechar su oportunidad, aunque a los poderes fácticos les convenga más mirar para otro lado.

Tan cerca, tan lejos. Pueblos, ciudadanos, derechos… Guayasamín lo denunció con colores. Jose Afonso lo universalizó con versos. Pacífico. Atlántico. Mediterráneo.

¡ Feliz 14 de Abril ¡ … ¡ y 25 ¡ … ¿ y 28, también será un día feliz?

“Un amic a cada casa

Igualtat entre nosaltres

Grandola Vila Morena

Terra de fraternitat

Grandola Vila Morena

Igualtat entre nosaltres

És el poble qui governa”

P.D Para leer lento y a ritmo de B.S.O (Marina Rosell y Enric Motefusco versionando el Grándola)

 

*Artículo publicado en www.lasrepublicas.com

*Otros artículos

Partidos. Gestas y Reconquistas ¿Fútbol o Política?

Glamour sin Fariña

Rosalía no te tolero

Mi agüita amarilla 

*Nueva foto de portada: En algún lugar de la India. En algún rincón de un mercado. En algún puesto de sedas, mujeres y colores

 

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El José Couso más injusto

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No he sido capaz de reconocer el traje, pero juraría que es uno de los que le compró Viqueira. Ana, la que nos enseñó a un buen número de generaciones a juntar letras en este oficio en peligro de extinción que es el periodismo. Amor, la que presumía de apellido pese a huir, de boquilla, del romanticismo. Su mujer, su compañera, su amiga, su guía, la de él y la de tantos otros, incluso los que nos hemos quedado por el camino. Hoy sería uno de esos días en los que una de sus muchas contradicciones -no más que las de todos- aflorarían. Nos reprocharía que estuviésemos atacadas pensando “qué modelito” ponernos para la entrega de los Premios José Couso, al mismo tiempo que reñiría con Vázquez, con Xosé, con Hermida, para que fuese hecho un pincel. También ella, de boquilla, se haría la punki, pero el Amor marca y no sólo asistiría al acto divina de la muerte sino que sentiría orgullo de primera dama y, sobre todo, de maestra.

No he ido a Ferrol, no he leído nada sobre el discurso, pero sé que ella ha estado presente de todas las formas posibles. En el texto, en el contexto y, sobre todo, en la memoria. De hecho, a veces me pregunto ¿a quién le hemos concedido el premio, realmente? Y no porque Vázquez no lo merezca, no porque cuestione que es y seguirá siendo el mejor periodista que ha parido Galicia, sino porque, en el fondo, es un premio injusto. Los V&V eran eso, una sociedad que no se entiende la una sin la otra, pero el cáncer nos ha vuelto a enseñar que se lleva por delante a quien considera, sin pararse a pensar en si esa persona ha hecho méritos suficientes para irse tan pronto y de semejante manera.

Ya nos lo había demostrado un año atrás con Nacho, con Rabudo y el pasado verano quiso recordárnoslo. Bueno, lo hizo antes, con el diagnóstico, pero siempre prefieres pensar en que este progresará adecuadamente, en el mejor de los sentidos, es decir, que sí, te ha tocado, pero ha sido sólo una llamada de atención. Es cierto que ella siempre ha estado rodeada de muertes tempranas, como también es cierto que mató antes de tiempo a su madre durante casi diez años de prórroga en lugar de disfrutarla, una década en la que los demás si tuvimos que llorar con lágrimas de realismo la muerte de muchos de nuestros seres más queridos.

Paradojas

Reconozco que por eso, quizás, fui algo incrédula en la gravedad del asunto. Su cronificación también ayudó a que la noticia me pillara tan de sorpresa; lo recuerdo bien, en los inicios de una nueva etapa de mi vida que acabó en naufragio. Una etapa, paradojas de la vida, que comenzó precisamente en la entrega de los anteriores premios José Couso, en Ferrol, con una llamada de teléfono desde Madrid que marcó el inicio de un tsunami que creo que ni siquiera hoy ha llegado del todo a tierra.

Reconozco también que la distancia no había mermado mi preocupación por ella, por ellos, pero sí mi puesta al día por fuentes directas. No la/los acompañé, como habría hecho años atrás, cuando todos éramos una comunidad bajo esas siglas V&V. Hubo un océano por medio, tal vez algún mal entendido y, sobre todo, un exceso de silencios que callaban reproches. Nada es comparable a la enfermad y mucho menos a un cáncer, nadie reacciona igual ante lo innegociable, pero convivir con la misma experiencia de forma tan dispar, cuando, además, en el caso de Rabudo, me porté de una forma mil veces más egoísta que en el de Viqueira, supongo que hace que vivas las cosas de otra manera.

Zona de confort

Lo escribía estos días. Es duro, muy duro, salir de la zona de confort, sobre todo tal y como están los tiempos y el sistema, pero también tengo que reconocer que es lo mejor que me ha pasado en la vida, de lo que más he aprendido y lo que me ha situado a años luz de mis vidas pasadas. Lo que explica la inadaptación, la incomprensión mutua, reconozco que hasta cierta altivez por mi parte; porque sobrevivir sin red te permite, un poco, mirar por encima del hombro a quien necesita apoyarse en el grupo para definir un criterio y una sentencia, para juzgar, en definitiva, en vez de preguntar, empatizar y tratar de entender.

Ese fatídico día de agosto me perdí camino del tanatorio, acabé en una gasolinera con un ataque de ansiedad porque estaba cansada, veía el indicador pero no conseguía encontrar dónde dar vuelta para situarme en el carril correcto. Eran ya casi las once y media, lloraba entre mi falta de aire, restaban pocos días para la luna llena y gracias a que esa estación de servicio aún es despachada por hombres, no por máquinas, conseguí calmarme y tomar la decisión correcta: seguir recto y llegar a casa, a Compostela.

Quizás fue una señal del destino, ya no tenía mucho sentido estar allí, esperar su llegada con los pies por delante cuando hacía más de una año que ni la veía ni le hablaba con los pies en el suelo. NI tenía sentido ni iba a ser bien recibida. Me lo demostró su camarilla al día siguiente, el día de los pésames sinceros y de los protocolarios. Y sentí lastima, incluso esa superioridad de la que hablaba antes. Ya no había nada en común, no nos separaba un oceano sino un universo, yo ya no era yo, para bien y para mal, mientras los demás eran un bucle anclado en el tiempo. Los vi de lejos y sólo crucé unos ojos en los que reconocerme o reconocer un dolor individual, no corporativo o dirigido.

Despedida

Mi loquera me recomendó escribir una carta de despedida, un post en el blog o algo simplemente de usar y tirar, un clínex terapéutico con el que resolver este capítulo. No fui capaz. Como no fui capaz de llorar porque el dolor era lejano, era nostálgico, era triste melancolía, No hería, no era punzante como lo sigue siendo el de Nacho, pese a que medido estrictamente en tiempo, en años, la relación que nos unía no era ni tan longeva ni tan cómplice. Pero así es la vida, un río que te acerca y te aleja de distintas orillas sin tú controlarlo, hasta ese “dar a la mar, que es el morir”, que diría el poeta que tocaba recitar en el instituto.

Creo que el post de hoy es esa carta pendiente, porque no hay dolor punzante pero sí sigue habiendo algo de infección, aunque esté feo. Hay mucho que agradecer pero también mucho que echar en cara, cuando más lo necesitaba, y ya no podré hacerlo. Y sé que de los muertos no debería hablarse así, no se les debería guardar rencor ni mucho menos hacer reproches, todo se les debería perdonar, sobre todo si han sido mayoritariamente buenos contigo, pero yo es lo que siento.

Hay, por tanto, herida, pero de una forma diferente a la de Rabudo… salvo con Vázquez. Porque siempre fue mediador en cualquier conflicto, porque siempre fue ecuánime, en lo profesional y en lo personal, porque siempre ha estado para los mejores consejos, porque me ha recibido a mi regreso, muerta en vida, porque su mirada, en la única foto que he visto hoy, lo dice todo.

Galicia, Brasil y las Estrellas

Porque un filósofo o pensador de estos que se retuitean tanto decía que no puedes ser buen profesional si no eres buena persona, por eso Hermida es el mejor y por eso merece este y todos los premios que le otorguen. Lástima que su otra mitad no esté aquí para celebrarlo, para beberse todas las Estrellas del firmamento y recordarnos una de sus muchas canciones favoritas mientras Vázquez, paciente, intenta que las carátulas vuelvan a sus CDs correspondientes.

Eligió Brasil para exiliarse de un país al que a la V le falta su doble. Un país del que volvieron con unos pies repletos de peces pequeños, dignos de estudio científico. Ahora lo entiendo, yo que también pisé esas mismas playas, descalza, y volví con los pies impolutos. Su caso, ciertamente, es único y tendrán que pasar muchas generaciones hasta que se dé la conjunción lunar o planetaria adecuada para que el periodismo y la amistad conozcan este tipo de ejemplares.

 

 

Políticamente incorrecta

bar carretera

A veces me gustaría ser camarera. Una de esas de coleta alta que sirven aguachirle en una cutre-cafetería situada en el medio de la nada. Una instalación de hojalata donde preservar el anonimato al amanecer y donde aliviar la sed y el hambre tras quilómetros y quilómetros de carretera desierta y asfalto derretido por el sol norteamericano.

Me imagino en una de esas escenas porque siempre aparece un cazatalentos que cambiará la vida aceitosa de la pobre chica por una carrera de éxito en lo que realmente es su vocación, actriz o modelo, en casi todos los casos.

Yo soy periodista, comunicadora social, organizacional, comunity, bloguera, marketerauna pringada, vaya, así que, de protagonizar una de esas road movies, me quedaría como estaba, es decir, con la coleta puesta. No me arrepiento, no obstante, de la profesión que he elegido.

Me sienta bien el pelo recogido, además, y no se me caen los anillos por servir mesas, pero sí me frustra un poco, como en el caso de esas chicas, que el sistema nos condene a depender más de lo que decida un guionista de cuestionable pelaje que de nuestra historia profesional y vital; por mucho que inviertas en el mejor de los coach o en toda esa filosofía barata del renacer, la reinvención y el encontrarse a una misma.

Por eso he decidido dejar de escribir cartas políticamente correctas. Porque desconfío de su destino. Porque quiero trabajar, no competir; quiero que me descubran, no que me señalen con el dedo; quiero que me encuentren, no venderme; quiero aportar lo que conozco, no lo que desean oír; y porque si presento mi candidatura a un puesto será porque sé que puedo hacerlo, ¡qué coño!, que estar en el paro no significa no tener más cosas en las que invertir el tiempo.

Para comprobar que cumplo los requisitos exigidos y que encajo en el perfil está el curriculum; pero si, después, lo que necesitan o contratan nada va a tener que ver con lo que demandan, no me toquen, desde antes, los huevos.

Moléstense también un poquito en ir algo más allá. No porque los CV creativos sean marca España sino porque una relación de datos con muchos éxitos y ningún fracaso no dan la medida de nada, ni de la cualificación profesional ni de la humana. Yo no me fiaría ni un pelo, vaya, y  si no miren para las redes sociales y después comparen la vida digital con la analógica y no me digan que no se mueren de terror y de tristeza.

Eviten también las preguntas capciosas tipo: ¿dónde te ves dentro de cinco años? o ¿qué te define más, el orden o el compañerismo? primero, porque no son capciosas, son, simplemente, estúpidas y segundo… pues por lo mismo, con perdón de los psicólogos que se pasan cinco años venga a chapar para acabar redactando este tipo de cuestionarios, que casi prefiero lo del bar.

Necesitan, realmente, una presentación que transpire algo de hoja de vida. Respirar un poco la esencia de la persona no su cliché. Sus sueños, sus miedos y sus frustraciones también, por más que los manuales del perfecto “reclutado” prohíban, con su lenguaje Happy Flower, una negativa por respuesta.

Me gusta –y necesito- trabajar. Soy una enamorada de lo que queda de mi profesión, pero no me fío de ustedes, los Señores RR.HH. Ya sólo las siglas imponen, que en vez de a una entrevista parece que fueras/n a sacarte sangre. Será porque la H es muda y por eso hasta ustedes mismos reconocen que aún están a años luz de ejercer su trabajo teniendo a la persona, es decir, al Humano, como centro de su oficio.

En cualquier caso, reitero, necesito currar. Sé, además, que lo valgo y me lo merezco y, sobre todo, como chica de barra  que también soy, creo que ya me va tocando ser la que invite a las cañas. Y eso, siempre, mejor con la melena suelta 😉

bar de carretera

Atentamente,

Un beso con lengua (que ya advertí que iba a ser incorrecta)